"...you especially have to be hurt like hell before you can write seriously. But when you get the damned hurt, use it, don't cheat with it..."
-Ernest Hemingway-
Una foto es
una presencia y una ausencia a la vez. La presencia de quien es retratado es la
que pareciera definir la identidad de la instantánea. Sin embargo, quien la
toma, y todo lo que pertenece al fuera de campo, está ahí, participando de la
escena con menor, igual o mayor protagonismo. No importa el grado de notoriedad
de esa ausencia. Siempre va a estar.
Hay quienes
dicen que para que la foto sea buena el fotógrafo se tiene que hacer invisible.
Yo pienso que qué tal si invertimos esa premisa y aceptamos que quien está
detrás de la cámara nunca desaparece. Que es una falacia pretender borrar las
huellas de quien dispara el obturador.
Me detuve a
mirar una, mía, en la que el fuera de campo, representa el todo. Por lo menos
para mí. El sentido de esta imagen cobra vigor gracias a esa ausencia presente
que constituye la esencia de todo lo dispuesto en ese recuadro. Mi expresión,
mi cuerpo, mi pelo. La escenografía misma, está embebida de esta impronta ajena
que se siente con brutal impacto. Yo la miro y no me veo a mí sino a quien la
sacó. Lo que me lleva a encarar una redefinición de conceptos, de estos y de tantos otros, ya que estoy. Pero por
ahora me limito nomás a “ausencia” y “presencia”.
Pienso que
la ausencia no existe. Que es pura presencia y por lo tanto, si todo es
presencia, nada lo es. Si la primera constituye a la segunda, la nutre, la
conforma, entonces qué es lo que no está sino mas que la estela que dejó sobre
lo que ahora vemos. ¿Lo que ahora vemos es el presente? ¿O es como cuando nos dicen que al mirar las
estrellas en verdad las estamos viendo hace no sé cuántos años luz y que ya
murieron y es todo re triste?
Lo ausente
estuvo en algún momento, si no no sabríamos detectar que no está más. Supo estar y
supo ser, y a su manera, va a seguir existiendo. Por lo cual infiero que lo
ausente es nada más y nada menos que lo desconocido. Y lo presente es un simple
disfraz, una mera ilusión.
sábado, 18 de octubre de 2014
Inventemos un espacio, cómodo, agradable, al que nos guste llegar. Visualicémoslo como un cuarto pequeño en el que sólo cabe una persona con absoluta comodidad. Una habitación que no goce de lujos más que aquellos que reconfortan el espíritu, los que le hacen caricias, lo miman, lo acompañan y ayudan. Este lugar tiene paredes blancas y en ellas hay fotos colgadas con todos esos momentos felices que nos dio la amistad, el amor, la entrega y la ternura. Hay sonrisas. Genuinas todas, que no hacen otra cosa que traslucir belleza. Ahuyentan el temor, lo hacen desaparecer y lo debilitan. En el suelo hay una alfombra de plumas. Suave, que hace cosquillas en nuestros pies descalzos.
No necesitamos más que esto, un lugar chiquito pero luminoso, con nuestros discos preferidos al alcance, disponibles para experimentar los placeres más hermosos que evoca la música.
En este lugar hay un inmenso deseo de vivir. Allí la vida no es posible pero sí es un espacio de reflexión para la misma. Para salir a enfrentarla con más valor, conciencia y deseo. Con mayor bondad e inteligencia, sin exigirse la perfección. En este rincón se cultivan tanto la paciencia, como la compasión y la tolerancia. A su vez se afianzan las propias convicciones y la duda es simplemente una herramienta que nutre la cosmovisión de uno sin hacerla tambalear.
Es un lugar que nos protege del afuera cuando se torna insoportable y también para cuando el yo pierde el eje y necesita relativizar lo que le ocurre.
domingo, 24 de agosto de 2014
Te busco,
pero no te encuentro. Te simulo, te
disfrazo, te invento, te anhelo. No estás. No sos vos, sino yo queriendo vivirte con naturalidad. Mas es en vano porque nunca serás como yo te pienso y
te creo. Sos como no sé qué serás y por eso es que persisto en alcanzarte. Te
corro, me obsesiono, necesito descansar y respirar, para seguir corriendo. A
veces creo que no te necesito, o que ya te tengo. No. Estás lejos, si es que
estás. Y tal vez en ese ir y venir, en el trajín de creer que te conozco o de
que creo saber cómo obtenerte, me encuentro extrañamente cómoda, holgada y
hasta a veces, feliz. ¿Qué pasará el día que te encuentre? Probablemente será
raro porque no estaré consciente de que al final existías. De que te alcancé y
descubrí tu sagrado escondite. Y será confuso porque creeré que tengo que
seguir buscándote cuando en verdad estarás delante mío riéndote a viva voz.
No tengo un bloqueo creativo porque ni siquiera lo intento. Miro a mi alrededor y me encuentro plagada de estímulos. Miles de objetos vistosos, libros interesantes, situaciones, escenarios y personajes atractivos. Y aún así: nada. No hago nada. Siempre espero que por acumulación me gane el hastío y desde allí comenzar a criticar. O la crítica siempre está, pero materializada de diversas formas.
Creo que sí hay momentos en los que estoy a gusto conmigo, pero esa dicha responde a impulsos banales, insolventes y efímeros. Nunca hay un sentimiento de realización pero porque no hay esfuerzo. No lo intento siquiera.
Tengo frío. Entra un poco de viento por la endija de la ventana mal cerrada. Me estremezco y siento la piel de gallina por debajo de las leggins color verde que llevo puestas.
Me quiero, por eso escribo. Porque quiero mejorar. Y si bien en el fondo siento que nunca voy a estar contenta con lo que hago, hay una persistente ilusión que fomenta el cambio, el cuestionamiento, que pide a gritos que se termine la boludez y emerja lo puro y lo lindo que hay dentro.
No es fácil lograr la constancia. Eso lo sé muy bien. Quizás vivir sea ir corriendo detrás del deseo hasta nunca concretarlo. O como sea, es el deseo mismo el que se corre.
El impulso positivo existe, la voluntad de vivir bien. No debería haber tanta crítica en el momento de debilidad. Gracias a ella me doy cuenta de que tengo que cambiar. Y cada vez quiero que el cambio sea para siempre. Si fuese así sería aburrido, no habría novedad ni replanteo. Lo que me molesta mucho en verdad es el disparador de estos impulsos de cambio. Tienen que ver con la debilidad y con aquello que se quiere ocultar, que no quiero admitir que me importa. Que lastima porque humilla y porque según las representaciones erradas que hago de la realidad, está mal seguir acarreando problemas que tienen tanto olor a viejo que ni siquiera pueden llamarse problemas. Viejos conflictos. Miserables. Que reflotan la debilidad y la actualizan como si se hubiera gestado ayer.
Escribir hace bien. Siempre. Se siente como hacer las paces. Relaja, quita el foco del veneno. Habría que escribir las 24 horas del día. Nadie lo leería después, pero no me importa.
Busco y busco y mi fantasía me dice que sí es posible lograr la claridad sin ayuda de nadie. Volviendo a escuchar esas frases salvadoras que nos repetimos para estar mejor. Esos razonamientos que van por el buen camino, el camino del bien, que a veces es tan sinuoso y promete llevarnos a ninguna parte.
Superarse no es encontrar una verdad esclarecedora que nazca de la mismísima nada. Tiene que ver con volver a escuchar lo que ya está sonando y darle sentido en la actualidad. Que no humillen las miserias, allí mismo suena la verdad con toda su furia y sus ansias de ser conocida y disfrutada. De cara a la humillación está el placer y el gusto de ser quien uno es.
Quien escribe sobre sí mismo, sobre su propio dolor, es un egoísta. Pero no es sobre éste/a, en este caso, yo misma, que hay que poner el acento. Prefiero pensar en vos, que estás leyendo.
Porque leer es conocer una fracción del pensamiento del otro. Editado, tamizado y procesado, pero es su pensamiento al fin. Y el interesarse por el otro es, y siempre será, el gesto altruista por definición.
Hoy hace 12
años se moría mi abuelo. Así que, si me preguntan, tengo recuerdos de un 13 de
julio muchísimo más triste que este. Aquel sábado de 2002, que nos quedamos con
mi papá y mi hermano viendo películas, aguardando el llamado final de mamá que
estaba en la clínica, fue de una angustia y un temor incomparable. Yo era
chiquita y me encontraba por primera vez con la muerte, que se llevaba de
manera apresurada a una de las personas que más quería. Fue espantoso y no
encontraba consuelo. Porque la enfermedad tuvo su desenlace en un mes; Tito
tenía 72 años y podría haber vivido mucho más. Hubiese sido justo.
Nuevamente estoy triste un 13 de julio. Pero el motivo ahora es que la
Selección Argentina perdió la final de la Copa del Mundo contra Alemania. Sé
que es algo que duele principalmente por la ilusión que se pinchó y las
expectativas depositadas en un muy posible triunfo, pero que pronto va a pasar,
que nos vamos a reponer, porque es un sufrimiento mucho más nimio, más leve que
la muerte de un ser querido. Pero duele. Duele un montón.
Si lo pienso
dos minutos no puedo explicar por qué me siento tan mal. Se puede decir que es
por la decepción de que las cosas no hayan salido como quise. Pero ¿qué novedad
es esa? Nos pasa a todos, todos los días, en los distintos ámbitos en los que
nos movemos. Y aún así, siempre, el cachetazo suena igual de fuerte que la
primera vez.
Extrapolarlo
al fútbol es muy sencillo y obvio. Y hoy me doy el lujo de hacerlo porque haber
perdido la final me tiene muy mal. Me angustia y sé que no debería estar así
porque tengo mucho por lo que agradecer (incluso por haber llegado hasta esta
instancia tan loable y enorgullecedora). Pero en el fondo me mata.
No me gusta
este clima posterior. Sabe muy amargo. Como dijo Mache: “nos vamos vacíos”. Así
me siento. Como cada vez que deseé mucho algo y no se me cumplió. El vacío que
siento es precisamente la ausencia de ese sentimiento tan enriquecedor,
adrenalínico y excitante que tengo cuando me ilusiono.
Y si pienso en
eso, paradójicamente, me vuelvo optimista de pronto. Porque significa que a
pesar de las miles de derrotas, tarde o temprano, se vuelve a confiar, se
vuelve a querer sin presentir, como dice el tango. Eso es alentador. Quiere
decir que nada nos impide volver a desear y amar con todas nuestras fuerzas.
Así que bueno,
esto fue todo, que no fue poco. Pero va a seguir molestando y será un trabajo
de todos los días acostumbrarse a que ese motorcito que te proporciona la
ilusión va a estar un poco dolido, un poco maltrecho, y va a costar repararlo.
Lo bueno es que, conociéndonos, vamos a poder olvidar este mal trago y volver a
creer como si no conociéramos la frustración. Y eso, para mí, es bastante.
*Este texto se
lo dedico entero a mi abuelo Tito, a quien extraño desde hace 12 años incansablemente.
No sé qué
hacer. Me siento rarísima. Los bocinazos se escabullen por las ventanas. Los
gritos. “¡Vamos, carajo!”. El barrio es una fiesta, en todos lados salen a
festejar. Quiero escribir, quiero descargar todo. No entiendo. No entiendo por
qué esto se vive así. Pero no hay otra manera. Argentina en la final de la Copa
del Mundo. ¿Entendés eso? Me siento en una película, o en una novela. En un
momento histórico, trascendental, maravilloso. Los quiero. Los quiero a los
jugadores. Ni los conozco. Ni sé cómo serán como personas. Pero jugando es que
los seres humanos desmantelamos nuestra personalidad. Nos volvemos transparentes,
irracionales, ciegos, determinados. Y los quiero. Quiero que ganen. Por ellos.
Por mí. Por mis amigos. Por salir a la calle y sentir que somos tan simples
como para que el fútbol nos cambie el humor. Es el Mundial
de la tecnología. De los smart tv. Del auge de Twitter. Nos retuiteamos entre
todos. Nos faveamos todo. Todos estamos del mismo lado. Todos nos queremos.
Todos ansiamos lo mismo. ¿Que es ilusorio? Más bien. Pero me chupa un huevo.
Ganó Argentina.
Es ridículo
escribir, es ridículo hacer cualquier cosa. No se puede racionalizar. Estoy
feliz. Argentina le ganó a Holanda. Fue lo más sufrido de la historia. Todo el
tiempo nos veíamos afuera, nos veíamos adentro. La incertidumbre, la duda, la
delgadísima línea que separa el jolgorio de la depresión. Es angustiante vivir
así. Es un deporte. Pero ellos son personas y nosotros también. Sentimos. Nos
pasan cosas en el cuerpo. Tensión física. Sangre que bombea al corazón. Quiero
Argentina campeón. Quiero ver a todo el mundo contento. Una victoria que nos
remonta a largos años de ilusión y decepciones. De juntarnos con nuestros seres
queridos a ver los partidos y compartir. No quiero ni
pensar cómo se vive una final. Mi primera final del mundo. Nací en mayo del 92.
Desde el Mundial de Francia que tengo conciencia y me engancho con los partidos
pero nunca creí que iba a ver esto. Tenía pocas ilusiones porque en años
anteriores deposité demasiadas expectativas. Este año me agarró desprevenida,
no quería volver a sufrir. Siempre con mucho reparo. “No pasamos de cuartos, es
obvio”. ¿Y ahora? Y ahora estamos acá, en la FINAL. Yo no lo puedo creer.
Quiero salir a festejar pero hay una parte de mí que me lleva a la mesura. A
calmarme. A pensar, a disfrutar esto. Estos 3 días y medio que nos quedan antes
del partido en el Maracaná. La ilusión, la angustia que vivimos hoy y vamos a
volver a vivir, gracias a Dios.
No pretendo
con este texto hacerme la Sacheri, la Casciari, porque primero, ellos son
hombres, saben mucho más de fútbol que yo, y segundo, son dos escritores de la
reputísima madre. Pero me nace registrar esto. Lo que siento ahora mismo. Este
desconcierto de estar tan feliz por algo que no es más que un juego. Que nos
hizo llorar a mi viejo, mi cuñada, mi hermano y mi vieja en el living de casa.
Que me hizo cruzar los dedos en cada tiro libre, en cada corner, en cada avance
de ese Robben que lo puteé durante las 2 horas de partido.
No me cae la
ficha. Tengo miedo. Estoy contenta. Quiero que la alegría siga. Que Argentina
salga campeón. Que festejemos en el Obelisco. Se me acabó el llanto. Ahora
estoy pasmada. Rara. Repito, no entiendo qué pasó. Se nos dio. LA FINAL DEL
MUNDO. Es increíble. No sé qué sentir. Necesito que sea domingo ya.
Estoy tranquila y una calma me abraza hace varias horas. No me sentía así ni bien abrí los ojos. Fue algo que empecé a desarrollar después del almuerzo. Quizás el disparador fue un disco de George Gershwin que puso mi papá mientras tomábamos el café después de almorzar. O la agradable conversación durante la comida, lo que me inmiscuyó en esta quietud linda e inusual.
Uno creería que es necesario perpetuar estos momentos y vivir constantemente con la sensación de plenitud. Sería grandioso, pero no creo que sea posible. Ya pronto vendrán quehaceres e ideas que arrebaten este sentimiento de dicha y banalizarán por completo la existencia llenándola de una protesta infundada.
Pero cuando la serenidad se presenta, silenciosa, amigable, como una caricia, hay que estar dispuesto a recibirla. Y no es un estado naïf, ni de éxtasis o delirio místico. Es simplemente paz. Quizás, felicidad. Alegría de estar viva. De verme la piel y los músculos firmes, enérgicos. Comprender que todo en este cuerpo está funcionando. Un cuerpo que siente, que desea cosas, que ama.
Foto: Henri Cartier Bresson
No es que todo sea maravilloso, pero la vida en verdad es muy linda. Y creo que ese acervo de cosas hermosas que tenemos es tan vasto como para no sentirnos tristes jamás. El amor, el arte, la ternura, la risa, ya son suficientes razones para no deprimirnos, ya que siempre están allí al alcance de la mano. Por más que a veces se oculten, se velen y parezcan inaccesibles.
Sé que sólo desde mi comodidad burguesa es que puedo enarbolar toda esta reflexión optimista. Si mis condiciones materiales de existencia no lo permitieran, sería otra la historia de seguro. Y lo digo sin culpas, porque al estar rodeada de tanta teoría marxista en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, tengo muy claro que es la existencia social la que determina a la conciencia, y no al revés.
Es curioso porque habitualmente suelo hacer este tipo de cavilaciones en el sentido diametralmente opuesto: haciendo hincapié en aspectos melancólicos, pensamientos negativos, adelantándome a los hechos y pensando que todo tendrá un desenlace catastrófico. Hoy no. Hoy el pensamiento es otro. Y quizás el darle espacio a algo nuevo que puede parecer débil y marchito, sea una posible alternativa para que estos impulsos positivos cobren una mayor frecuencia en mi vida, y dejen de ser la excepción a la regla.
Los invito a intentarlo. Está realmente muy bueno.
Tensos,
tensos, tensos. ¿Por qué tan tensos? ¿Qué retenemos? ¿Qué estamos queriendo
evitar? O preservar. O controlar. ¿Para qué? Mantener la ecuanimidad desde la
tensión. No tiene razón de ser. Cuando lo desnaturalizás pierde sentido. Como
todo. ¿Por qué los músculos están contraídos? ¿Por qué se mide todo lo que se
está por decir? Y cuando algo improvisado o “excesivo” se escapa, uno se
lamenta, se castiga y se pregunta cómo pudo eso pasar. Cómo pude dejar de
controlar todo, cómo mi cuerpo me ganó. Me ganó pero aún no me siento mejor. No
me liberé.
Tensionar
es intentar retener. Conteniendo por temor. Por incomodidad. La incomodidad:
esas ganas de no estar ahí. De querer irse. Y más tensión. Para no permitir que
nada me lastime, pero ya lo está haciendo. Con esa sensación perpetua, y a
veces tan enraizada que es la inquietud. Inquietud que incentiva a la tensión y
a la falta de naturalidad.
¿Tendrá
que ver la distensión con la falta de conciencia? ¿Es acaso el momento en el
que no estamos pensando en contener, o maniobrar, el de la verdadera libertad?
No es
verdad que es más fácil ser libre, dejar fluir, que nada importe. Más sencillo es controlar y retener. El desafío es conocer lo que da miedo,
enfrentarse y tolerar la tensión hasta que ésta pase y se convierta en calma.
Porque lo que se desconoce no crea más que conjeturas infinitas, en su mayoría
equivocadas. Magníficas. Exageradas. Absurdas.
¿Qué
es lo que hay que hacer? ¿Qué es lo que dice el manual? ¿Hacer yoga? ¿Respirar
hondo? ¿Tener pensamientos positivos? No sé. Lo que sí sé es que muchos
viven en un estado de perpetua tensión y
no lo saben. No se dan ni cuenta. Tensan las cosas hasta un punto imperceptible.
Tensan por lo críptico de sus procederes. Por lo rebuscado de sus pensamientos.
En esa
rigidez de los músculos, del cuerpo que no quiere sentir pero que a la vez
siente mucho (o siente mal) hay algo
curioso: ¿contra qué se contrae? Se supone que toda protección ante un posible
peligro se sustenta en el, valga la redundancia, apoyo sobre algo conocido,
algo que nos mantenga a salvo. El refugio. ¿Es estar tan tenso, finalmente, estar
a salvo? Lo dudo mucho.
Hace 15 días que mi hermano mayor se fue de casa. Ahora vive en un departamento todo nuevito, precioso, con su novia y eso me pone muy feliz. Dadas estas circunstancias, actualmente soy hija única con baño propio. En consecuencia, mi tía, la hermana de mi mamá, me regaló una alfombrita de baño hecha por ella con mi inicial (la "J") grabada. Me pareció un gesto tierno por demás, pero por sobre todas las cosas me hizo reflexionar acerca de la importancia de los nombres.
Ahora vos entrás a ese baño y en el piso ves una "J" que acapara toda la atención. Esa letra que para otros menesteres puede tener nada que ver conmigo, dentro de ese baño, me convierte en puro significante.
Pareciera que un nombre es algo que determina. "No tiene nombre", "Llamar a las cosas por su nombre", "Ni me lo nombres". Es como si el acto de nombrar embistiera de seriedad a las personas, las situaciones y las cosas. Yo creo que esto se debe a que consiste en un momento fundante. A partir de una arbitraria decisión "esto" pasa a llamarse así para siempre y será reconocido por todos.
Siempre quise llamarme Agustina, Julieta, o que mi apodo fuese Maru, porque creía que eran nombres de piba linda, popular, de la cual todos los chicos gustaban. Lo mismo me pasa con ciertos nombres de varón como Felipe (mi preferido por lejos), Benjamín, Mateo, Facundo, Manuel o Andrés, que los asocio a un estereotipo de hombre soñado que hasta suena bonito. Sabemos que entre las idealizaciones y la realidad hay un verdadero abismo.
Un nombre organiza, clasifica, encasilla. Restringe las posibilidades de ser otra cosa. Y es su carácter restrictivo el que acota los rumbos y torna todo irreversible. Porque lo que llamamos "traición" no es lo mismo que un "error", y una "decepción" nada tiene que ver con una "distracción". Una "pelea" no es ni por asomo una "conversación", aunque en términos técnicos no sea más que eso: una charla (intensa).
El nombre de un libro, una película, un producto es lo que por ende va a terminar de atraernos o ahuyentarnos. Por eso es que los publicistas y licenciados en marketing se desviven por pensar un título que capte la atención, que seduzca. En fin, un buen nombre.
Probablemente reflexionar sobre esto no me lleve a ningún puerto. Y eso está bien, porque hay pensamientos que existen sólo para desviarnos de otros tal vez más dañinos e innecesarios. Lo bueno es que ahora mi baño es mío y no te cabe ninguna duda de ello.
Voy a ser completamente sincera: tenía planeado dedicarle mucho tiempo a la última entrada del año. Quería detenerme a pensar en todas las cosas que pasaron y, de esta forma, revivir momentos. Pero dado que sufrí aproximadamente diez cortes de luz en las últimas dos semanas, perdí toda voluntad moral. Así que me voy a despedir del 2013 por la puerta chica, sin grandes cavilaciones.
Sólo quiero decir que este fue un año importante para mí, muy lindo y de mucho aprendizaje.Y ya que estoy acá, voy a decir que también lo fue para La Blogo Thérapie. Si se fijan, este espacio que tan gratuita y amablemente me gestiona Don Google, nació en 2011 y ha sido actualizado a duras penas durante el transcurso de aquel año. Luego, en 2012, profundicé en vagancia y prácticamente no escribí nada (salvo una mísera entrada en el mes de junio). Dos mil trece me agarró desprevenida. Con ganas de escribir, y más precisamente, con ganas de publicar. Con la intención de que me lean y me compartan qué les generó mi escritura: si les gustó, si les pareció aburrido, en fin.
He tenido muy gratas devoluciones de todo lo que escribí acá. Tanto de amigos como de algunos desconocidos que se filtraron por la web y me hicieron comentarios muy enriquecedores. Quiero agradecerles a todos los que pasan a menudo por esta página, y a los que lo hacen cada mil años pero que se toman la molestia al fin de leer todas las pavadas que me dispongo a desplegar en estas plantillas virtuales.
Les deseo unas muy felices vacaciones a todos. Que puedan disfrutar de corazón. Muchas veces me enojo conmigo misma por no dejar de lado las preocupaciones cuando estoy de viaje. Por "auto-boicotearme" los momentos felices. De cara a este nuevo año, tengo muchas ganas de dejar de hacer eso y permitirme disfrutar en tiempo y forma. Como dice una de mis más grandes referentes: "poder gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia".
Así que eso es todo. Les agradezco nuevamente por darme bola cuando escribo y por decirme que lo hago bien (aunque yo siempre reniegue y sostenga que lo dicen por compromiso). Sus palabras me alientan y me incentivan a hacerlo cada día mejor.
Desde ya, mi blog y yo les desemos feliz año nuevo.
Muchas gracias.
Ayer a la noche presencié uno de los mejores espectáculos musicales de toda mi vida. Suena exagerado, extremista y fanático (tres adjetivos que me calzan muy bien), pero no, esta vez creo estar realmente segura de que lo que hizo Pedro Aznar anoche en el Gran Rex, fue algo grandioso e histórico. Estremecedor. Digno de ser contado. No es la primera vez que voy a un concierto suyo, como bien dije antes, soy fan y me encanta ir a ver música (aunque lo hago desde una vergonzante ignorancia por no saber tocar más que la guitarra y hasta es excesivo decir que sé tocar). Considero que el mejor plan que uno puede armar un fin de semana consiste en ir a ver una banda o músico solista; sean artistas reconocidos, extremadamente talentosos como en este caso, o unos ignotos totales, ir a un recital es, según mi criterio, lo mejor que podés hacer con tu tiempo libre.
En el marco del cierre de su gira "Mil noches y un instante", precisamente en la noche más corta del año, durante el solsticio de diciembre, Pedro decidió regalarnos a sus espectadores un show por demás completo que constó de 29 canciones. Creo que todo intento de reproducir lo que fue, será infructífero y para nada fiel a la experiencia real. Me esforzaré,aunque dudo lograr describir con palabras la calidad artística del acontecimiento. Pero antes de exponer los detalles del show, quisiera contarles de qué manera me vinculo yo con este artista; algo muy personal sin pretensiones literarias:
La primera vez que oí hablar de Pedro Aznar, fue en la primaria. Nuestra profesora de música, Clarita Musante, nos estaba preparando para el acto del 17 de agosto en honor al Gral. San Martín, y debíamos aprendernos su himno para cantarlo ante todo el salón. Retengo estos datos porque afortunadamente gozo de una memoria muy detallada (no quisiera asustarlos con mi obsesiva precisión, pero recuerdo hasta la ubicación espacial en la que yo me encontraba en ese aula de música -sobre unos tablones de madera, a la derecha-, mientras la profesora nos presentaba la canción patria versionada por Aznar).
Los años pasaron, yo fui construyendo mi personalidad, y con ella, mis preferencias artísticas. Transcurrió un tiempo largo hasta que me reencontré con Pedro, ya desde una mirada un poco más adulta y madura que podía apenas aproximarse a juzgar su obra como maravillosa. Y fue en ese primer año de facultad, más precisamente, durante el verano previo, que me la pasé escuchando sus discos y lo empecé a sentir mío. A partir de entonces, siempre me acompañó y fue un refugio -muchas veces, dolorosísimo-, cuando el mundo me decepcionaba. Decir que la música es buena en tanto te produzca fuertes sensaciones, suena a un lugar común galopante, pero es algo absolutamente cierto. Y ahí mismo es en donde radica la excepcionalidad de Pedro: su música te hace sentir (mucho). Es difícil a veces diferenciar los sentimientos de los pensamientos, y también distinguir a éstos dos de lo que son las sensaciones. Sin embargo, creo que la experiencia de ver a Aznar en vivo, (y especialmente la de anoche) es una verdadera revolución para los sentidos en la cual uno no se pregunta mucho lo que está pasando, sino que se deja llevar por lo placentero del instante.
Este trajín de sensaciones que me genera su música, muchas veces me ha llevado a rechazarlo (de hecho, no estaba segura de querer asistir al Gran Rex la noche del sábado, temía que el show "me pegara mal", como se dice ahora, y me asaltara una fuerte melancolía o angustia). Afortunadamente, la vida es impredecible y nada de esto me ocurrió durante el concierto, por el contrario, quedé estupefacta y feliz (por cierto, una muy linda combinación).
En su inventario de canciones, Pedro tiene un activo realmente deslumbrante. Pero lo más grandioso es que no es una artista que se duerme en los laureles y exprime toda una vida sus glorias pasadas, en su último disco, "Ahora", tiene obras que han logrado resignificar la idea que tenía sobre él haciendo más fuerte ese vínculo que antes mencioné y logrando que lo quiera cada vez más. Y es que cómo no voy a querer a un tipo que escribe: "si pudieras darte cuenta que al fin y al cabo no hay más vuelta que dejar vivir en libertad a quien se quiere".
El show de anoche fue maravilloso. La abundancia del repertorio me obligaría a escribir una crónica de 200 páginas y aún así me quedaría corta. Para no agobiar a los lectores, creo que me voy a centrar en los momentos que más me conmocionaron.
El primer bloque fue letal. Creí que me iba a morir por lo intenso de las canciones elegidas. Pero no, me la banqué como una reina y sin llorar; eso no implica que no se me haya erizado la piel cada vez que hizo un cover del Flaco, o cuando tocó "Rencor", y qué decir de la versión del tema de Elton John "Sorry seems to be the hardest word", con imágenes de París proyectadas en la pantalla. Parecía a propósito: todas las cosas que amo en un mismo instante, en una misma noche.
El segundo bloque, dedicado exclusivamente al folklore nacional, fue de una perfección inimaginable. "Zamba para olvidarte" me agarró completamente desprevenida y la tomé como un verdadero regalo. No puedo decir que a este bloque le haya faltado algo, no tengo autoridad moral para hacerlo, pero sí me atrevo a expresar mis deseos: me hubiera encantado que tocara aquel hermoso poema de Borges, "Al horizonte del suburbio", al que Aznar musicalizó de manera brillante en su disco "Caja de música". De todas formas, fue impecable, qué querés que te diga.
Quisiera ahondar en el que fue, para mí, el momento más mágico de la noche, -no quisiera pasar por alto otros, como por el ejemplo la presencia de Piñón Fijo como invitado totalmente inesperado; fue un aditivo de extrema dulzura e inocencia- sin embargo, de los miles de instantes ayer vividos en ese caluroso teatro en la primera noche del verano, el mejor fue, sin lugar a dudas, aquel en el cual Aznar hizo una versión alucinante de "Because". Me cuesta mucho describir y expresar lo sublime que fue. Pero aquí voy: Pedro se dispuso a tocar tres veces la mítica canción de Los Beatles grabando cada una de las voces con una pedalera o buclera. Luego de grabar, volvía a cantar en un tono más agudo que el anterior y le adicionaba un instrumento nuevo (primero fue el órgano,después la guitarra y finalmente el bajo). No sé si logro explicarlo bien, acá tienen un video de cuando lo hizo en junio de este año: http://www.youtube.com/watch?v=Z3wJ7C94yk8. Sería absurdo disponerme a calificar la técnica porque nada sé de ella, pero la calidad de la interpretación es algo fácilmente palpable. La afinación y la perfección al dar con cada nota y acorde pusieron en evidencia la altísima capacidad que tiene este músico. Jamás se equivoca. Nunca le pifia. Es envidiable.
Lo que vino después siguió la misma línea de excelencia que venía manteniendo el espectáculo. Creo que si sigo deshaciéndome en halagos voy a caer en lo repetitivo y tedioso así que me voy a detener ahora. Lo último que tengo para agregar es que estoy agradecida. Agradecida con Pedro porque lo que vi ayer es la clara muestra de un profesional, de un hombre que fue tocado por la varita mágica del talento pero que a su vez ha sabido explotar ese don y lo mantiene actualmente con mucho esfuerzo y dedicación. Esa perfección a la que tantas veces aludí en esta entrada, no se logra si no es con horas de práctica y de perfeccionamiento constante. Y no por perfecta la obra de Aznar se torna fría o distante, lejos está de ser el capricho de un meticuloso artista; es, cuanto menos, la expresión de amor a lo que uno hace para vivir. En fin: un verdadero privilegio.
"Quedate tranquila: si se cae un avión del cielo, va a ser por Ramos Mejía, no acá, en Caballito".
Por más incoherente que suene esta oración, es una cita extraída de la vida real, profesada por nada más y nada menos que mi hermano mayor, Francisco. Probablemente él ni recuerde haberla dicho, pero yo sí, porque supo ser mi consuelo allá por el 2001, después del atentado a las Torres Gemelas, cuando "El eje del Mal" era un tema de agenda y un señor con turbante de piel oscura, que vivía en las cuevas subterráneas del desierto árabe, parecía la mayor amenaza para la humanidad.
Éramos muy chicos, debo admitir. Yo tenía 9. Él, 14. Y esa mañana de feriado que vimos, desde la cama de nuestros viejos cómo 2 aviones atravesaban los edificios del World Trade Center, empecé a tener miedo. No entendía nada de conflictos bélicos, o intereses políticos, ni mucho menos de la puja por el petróleo (tampoco lo entiendo ahora). Pero me asustaba el peligro inminente y la espectacularidad de una muerte tan abrupta, deliberada por terceros que te hacían volar por el aire en un segundo. Recuerdo que cuando comenzó la Guerra en Irak, la CNN televisaba los bombardeos. Eran imágenes difusas, en las que se vislumbraba un fondo oscuro, nocturno, del cual cada tanto, surgían unas luces intermitentes seguidas de estruendos. No veía heridos, ni gente sufriendo, pero claro que éstos existían. Y a causa de mi completa ignorancia, me iba a dormir asustada, pensando en los nenes que vivían allá en ese lejano Medio Oriente; me compadecía de ellos, porque su miedo sí era justificado (no cómo el mío que resultaba ser pura paranoia).
Todo este racconto no tiene por objetivo hacer una exposición histórica (incompletísima, por cierto) sobre mi punto de vista aniñado del conflicto internacional, sino más bien, hace foco en la actitud protectora de mi hermano querido que buscaba calmar mi angustia con argumentos inverosímiles. Cada vez que escuchaba el ruido de un avión sobrevolando nuestro edificio, yo sentía que era muy posible que éste cayera y nos matase a todos. Ante esta persecución innecesaria, él me decía que no me hiciera problema, que los aviones vuelan muy alto, y que si uno se cae, de última, eso va a pasar a la altura de Ramos Mejía (que por cierto, es terriblemente cerca de Caballito, nuestro barrio natal). Calculo que habrá elegido esta ciudad perteneciente al partido de La Matanza al azar, dando por sentado que yo no tenía idea de dónde quedaba y que probablemente se trataba de un lugar muy lejano (casi tanto como Irak). Pero increíblemente, esta premisa me salvó y me dio cierta tranquilidad. No me atrevería a decir que erradicó el miedo por completo, pero que me distrajo, estoy segura.
Recuerdos de estos tengo miles, y en muchos de ellos no lo dejo tan bien parado. Al contrario, lo hundo profundamente. Pero fue él mismo quien me dijo que nunca escribo sobre él, y ahora que se está por ir de casa a vivir con mi futura cuñada, puede ser que me haya vuelto (aún más) reflexiva respecto de nuestro precioso vínculo. Con absoluta sinceridad, creo que nadie en la vida nos marca tanto como nuestros hermanos. Me lanzo hacia esta generalización sin miedo a las críticas futuras: todos los que tenemos la suerte de haber crecido acompañados de pares (y más aún si nos tocó ser los menores), tenemos a nuestros hermanos/as en un pedestal, que por más cagadas que se manden, seguiremos ponderándolos como grandes referentes. Ya sea para imitarlos, o para diferenciarnos de ellos, son alguien a quién mirar. Y ahora que lo pienso, el de los hermanos mayores es un rol pesado de llevar; siempre me pregunté cómo me hubiera desempeñado yo como tal. No debe ser nada sencillo cargar con la tarea de educar a ese chiquito que te sigue a todas partes y te perdona todo lo malo que le hacés. Quizás sea a causa de esta "presión" que terminan cometiendo más errores que aciertos.
Pronto Francisco se va a ir de casa. Esto es algo que me pone triste pero tampoco tanto, porque, como dicen, "es el curso natural de la vida", y es sano que las cosas cambien si son para bien. No hay duda de que será para bien: va a formar una familia con una mujer maravillosa a la que adoro profundamente. Y acá no hay "pero" que valga, sin embargo, lo voy a extrañar mucho en mi cotidianidad (creo que todavía ni me imagino cuánto), y andá a saber qué mentiras me voy a decir cuando tenga miedo y mi hermano no esté en la pieza de al lado para consolarme. No lo sé. Pero seguro, algo se me va a ocurrir.
-¿Te
puedo hacer una pregunta?
-Sí, obvio.
-¿A vos te hace bien hablar conmigo?
-….
¿Por qué me preguntás eso? Obvio que sí, por algo te cuento todo lo que me pasa.
-No sé, yo siempre siento que cuando me contás tus problemas te doy unos
consejos de cuarta, que no sirven para nada.
-Ay, no, nada que ver, ¿por qué pensás eso?
-Porque soy una obsesiva enfermita, entre otras cosas. Y hasta a veces creo que
estoy más concentrada en ver cómo te puedo dar una buena solución a tu
angustia, que en el problema en sí que me estás trayendo.
-….
-Sí, ya sé, perdonáme, soy una egoísta. Pero me llama la atención que recurras
a contarme a mí justo. Como que no sé, es raro que yo te inspire tranquilidad…
justo yo.
-No sé por qué pensás todas esas estupideces. Prácticamente yo a vos te conté
toda mi vida. Y siempre acudo a vos porque me transmitís mucha paz.
-Paz… ¡qué cosa de locos! Yo, ¿paz? Nada más alejado de la realidad. Sigo sin
entender qué es lo que te hace venirme a contar cosas. Te juro…
-Sos una boluda, en serio.
-No, de verdad, hasta incluso siento cierto fastidio cuando venís con algún tema.
Me ponés en el rol de consejera y tengo que pensar algo elocuente o profundo para
decirte. Y la verdad, que la mayoría de las veces no soy ni profunda, ni elocuente, y yo también
tengo días de mierda y no puedo pintarte la vida como maravillosa porque no la
veo así.
-….
-¿Y sabés qué es lo que más me molesta de todo esto? Que me hacés sacar el foco
de las cuestiones que realmente me atañen. Paso más horas intentando
contentarte a vos, ayudarte a resolver tu mambo, que en dedicarme tiempo a mí
misma. Porque obvio, siempre que alguien te trae un problema no existe la
posibilidad de decirle: “Y bue, macho, qué le vas a hacer”. O sí, solemos decir
esa frase, pero en realidad buscamos insaciablemente una respuesta
totalizadora, la redención total. Y eso desgasta. ¿Qué es eso de que hay que
tener una palabra para todo? ¡¿En dónde mierda está escrito?! ¿En la biblia? ¿En
la Constitución? No, loco, me parece injusto.
-Ah bueno, vos definitivamente te rayaste…
-Y yo creo que deberías intentar irte bien a la mierda. ¿Sabés cuál es el
problema con vos? Que no te bancás la incertidumbre. Y, oh, qué novedad, a
nadie en el mundo le gusta no saber qué va a pasar, pero casi te diría que es
una constante. Eso de que nadie está asegurado, que no tenemos la vida
comprada. Es así, y hay que aceptarlo y vivir de la mejor manera.
- ¿Vos vivís bien acaso?
-La verdad que vengo viviendo bastante para el orto, y en parte lo atribuyo a
estar tantos años teniendo que sostenerte la vela con todos tus problemas, tus
inseguridades. Que tu vieja, que el laburo, que la carrera y la política…
basta, chabón.
-Bueno, me alegro de que te hayas sincerado de una buena vez, pedazo de hipócrita.
-¿Hipócrita me decís, caradura? Yo que te banqué en absolutamente todas, que
tengo la oreja ultravioleta de escucharte, y los ojos a la miseria de leerte. ¿Sabés
qué? A partir de ahora no me ves más la jeta, ¿me oíste?
-Yo no lo puedo creer. Al final, no se puede confiar en absolutamente nadie.
- Te felicito, gran razonamiento.
- Lo único que se puede contar infinitamente son los números. Esa lógica no se
aplica a los seres humanos.
- Será que tenés razón. A veces con motivos, a veces infundado, más tarde o más
temprano. Todos nos aburrimos, nos cansamos, no damos más.
-Te mando un abrazo, buena suerte.
-Adiós, que te vaya bien.
Qué miedo que da volver solo por primera vez del colegio, de inglés o de cualquier otra actividad que desarrollemos en la pre-adolescencia. Por mucho que me esfuerce en recordar, no creo poder revivir lo que sentí en aquel momento que crucé una avenida sin estar de la manito de mi mamá, es imposible volver a esa inocencia. Lo que se puede hacer es rememorar, y tratar de reconstruir el pasado, pero bien sabemos que toda lectura a posteriori, jamás resulta ser cabalmente fiel a la original.
Existía ese temor de pasarte una cuadra con el colectivo y creer que el Apocalípsis se avecinaba, o la desesperación de hablar con extraños, porque sabíamos que nuestras caras comunicaban toda esa inseguridad, la falta de experiencia, la vulnerabilidad. Había algo de obsesión y perfeccionismo también, en el querer recordar con exactitud todas las indicaciones recibidas, y cumplirlas al pie de la letra. La velocidad con la que encarábamos las cuadras, sintiendo que si lográbamos llegar finalmente a nuestra casa, habíamos vencido a la adversidad y nos merecíamos un premio. Más aún para nosotras, las mujeres, que debíamos tener el cuádruple de cuidado, ya que cada hombre que nos miraba se convertía inmediatamente en un potencial violador, secuestrador y asesino. Detenerse en un kiosko era toda una hazaña que profesaba la independencia económica y la elección libre, ya no más sujeta a la voluntad de nuestros tiranos padres que nos decían qué se podía comprar y qué no. Era un verdadero acto de libertad, en el cual los errores estaban ahí, al acecho, esperando corporeizarse en una mala decisión, en tomar un bondi en el sentido contrario y terminar en Mataderos cuando en realidad querías ir a Plaza Serrano a tomar un juguito.
Yo no sé cómo se va ganando esa confianza. Tal vez la respuesta se les presente evidente a ustedes: con años. Sí, seguro. Pero me refiero a que por más que crezcamos, la desprotección sigue siendo una variable, y sobre todo, una posibilidad. Y a veces me encuentro caminando sola por la calle, sin esa excitación de creerme parte de algo realmente trascendental como podía resultarme el decir "$1,20, por favor", y lo extraño un poco. Extrapolado a otro aspecto de la vida, es un poco como dice el Polaco Goyenche: "si yo pudiera, como ayer, querer sin presentir". Frase que te aniquila la primera vez que la escuchás, te atraviesa el pecho y te corta al medio como un pan. Es tan cierta, tan humana. Cómo nos gustaría a todos resetear la cpu y empezar de cero, de verdad, cada vez que algo nos sale mal. No comparar constantemente nuestras relaciones actuales con las pasadas, haciendo un balance de saldo positivo, por suerte, porque siempre lo malo nos enseña. Yo tengo una posición ambigua al respecto: por un lado me encantaría querer, vivir, pensar, sin presentir, pero por otro, agradezco tremendamente a la experiencia, a lo vivido porque me educó, y me ayuda a ser una mejor versión de mí misma cada día.
Había empezado a escribir esta nueva entrada y me detuve para dejarle la computadora a mi mamá que quería ver una "cosita rápida" en internet. A veces me sorprende mi ingenuidad. O mejor dicho, mi descuido. Era obvio que me iba a cerrar las pestañas que dejé abiertas y se iba a perder, para toda la eternidad, el comienzo de mi para nada brillante texto. Está bien, me lo merezco por poco precavida. Aunque pienso que tal vez fue mejor así para todos. Que yo tuviera que volver a redactar otra vez tras este pequeño incidente casero, me dio un tiempo para reorganizar más eficazmente lo que quería y todavía quiero decir.
A ver cómo retomo... La idea inicial consiste en describir una sensación que me asalta con muchísima frecuencia, la cual puedo describir muy bien pero me cuesta rotular bajo una denominación totalizadora. Quizás a lo largo de la escritura encuentre alguna forma de llamarla que me complazca, ya veremos.
Estoy segura de que la experimentaste alguna vez, o de que te pasa como a mí que se me aparece casi todos los días de la vida (especialmente cuando ando muy malhumorada). Anoche no me podía dormir y di mil vueltas en la cama sintiéndome abrazada de pies a cabeza por ella. Podría emparentársela con la frustración reiterada o el hastío, pero me quedaría corta si me limito a estas dos ya que se trata de algo más complejo. Tiene cosas de ambas pero se le adiciona muy impertinentemente un sentimiento positivo que es el de la esperanza. Y quizás es ahí mismo en donde reside su peculiaridad. La voluntad de vivir de la cual hablaba Arthur Schopenahuer, la mayor condena del ser humano, ya que el deseo mismo produce dolor. Él parte de la premisa que el vivir está fatalmente vinculado con el sufrimiento. Desde el primer instante de vida y así para siempre. Para llegar a esta idea previamente se hizo una pregunta que consistía en dilucidar qué es la felicidad. Para Schopenahuer la felicidad es la liberación, que se produce sólo de ratitos y dura poco. Es experimentar el arrebato de la vida por fuera del yo corporal; liberarse de las coordenadas de tiempo y espacio. En su obra "El mundo como voluntad y representación", el filósofo alemán sostiene que fuera de la encarnación nada tiene sentido ya que en el universo todo es una representación. Lo único que le imprime sentido a la existencia, si es que este sentido se descubre alguna vez, es la voluntad, es decir, el deseo, la pulsión. Y en verdad, lo que produce la frustración no es el deseo mismo, sino las restricciones que el mundo le impone.
Si es que entendí bien al bueno de Arthur, estoy totalmente de acuerdo con esta idea de que vivir es sufrir, y desear, hasta en los momentos límite, es peor aún que no tener esperanza alguna. No es casual que me haya atraído la obra de uno de los representantes más importantes del pesimismo filosófico, yo tengo ese costado medio emo que me encanta alimentar cada tanto. Lo que me pasó anoche mientras trataba de conciliar el sueño, era que me encontraba reflexionando sobre las mismas cosas de siempre, las frustraciones de la cotidianidad, los proyectos postergados y tenía una representación visual de esta sensación muy gráfica, similar a cuando en los dibujitos se muere alguno y el "espíritu" se le sale del cuerpo y camina dejando al mismo yaciendo horizontal. En mi imagen no es que yo esté muerta, ese espíritu sale de mi cuerpo; pero se queda a medio camino, como que tiene ganas de liberarse, de ser feliz, de salir a buscar qué se yo qué, y a mitad del trayecto vuelve a acostarse para dejar todo quietecito, todo como estaba antes.
Me pasa esto siempre. Me cruzo con las mismas dificultades y el entorno me desalienta. Ahí es cuando experimento la famosa sensación: uno se frustra pero lo peor no es eso, sino el hecho de que no es una opción quedarse frustrado, boca abajo, horizontal para siempre; en algún momento hay que salir y tener la voluntad bien lustrada, la energía nueva como si no existiera el pasado. Es desgano, fiaca, bronca. Pero lo peor es la maldita pulsión de que todo tiene que ser mejor, porque ¿cómo la vida va a ser lisa y llanamente una mierda? No, no puede ser.
Es viernes a la tarde y quedé en encontrarme con ella
en algún lugar cercano a la intersección de las calles Gascón y Avenida Córdoba,
a las 15.30. Tras un mensaje vía Whatsapp, mi entrevistada me confirma que la
cita será en un café que queda al lado del Sanatorio Güemes. Me dirijo hacia
allá y cuando llego a la esquina la veo hablando por teléfono celular. Dudo un
momento si es ella (jamás nos vimos en persona), pero al instante descubro
que no puede ser otra que la fotógrafa Inés Ulanovsky.
Proviene de una familia en la cual el periodismo y el contacto con los medios
se respiraba en cada rincón de la casa. Hija del gran Carlos Ulanovsky y de la
reconocida Marta Merkin, Inés se luce
desde muy jovencita como fotógrafa y se desempeña con mucho éxito y calidad. Es innegable que todos sus trabajos llevan su
marca personal, una impronta que combina el talento y la frescura de lo
inesperado. “Yo cuando saco fotos no
intento nada porque siento que se perdería un poco esa cosa mágica que tiene la
foto. Es medio misterioso lo que pasa con la fotografía. Tiene un elemento
mágico, tiene que ver con la intuición”. Y esto es muy cierto, su discurso
se corresponde con el camino que llevó desde los primeros pasos de su
formación.
- Contame
cómo fue tu formación, qué estudios y trabajos tuviste. -
Para empezar a hablar de mi formación debería hablar de mis influencias, que es
que mi mamá era fotógrafa, y yo la acompañaba desde muy chiquita. El mundo de la fotografía me gustaba mucho. El
laboratorio blanco y negro y eso que pasaba ahí que era como muy mágico, en
donde aparecían las imágenes de la nada. A los 14 años empecé a estudiar con Andy Goldstein,
hice la carrera de fotoperiodismo de TEA, después estudié Diseño de Imagen y Sonido
en la UBA y en la mitad de la carrera empecé a trabajar en Clarín, en la parte
de fotografía. Estuve 3 años en el departamento
de edición y esa fue una parte muy importante de mi vida. Yo ahí tenía que ver los
rollos de los fotógrafos (a los cuales admiraba) y elegir las fotos para notas.
Trabajaba para suplementos, y también para el cuerpo del diario. Aprendí un
montón del oficio, a ver cómo fotografiaban
los más grandes y aprendí a trabajar con mucho stress y con la necesidad de
cerrar diarios. Fue un gran aprendizaje, no había mucho margen para equivocarse
ni para fallar, ni para preguntarse cómo había que resolver. Fue muy útil trabajar
en equipo con un deadline, con un
cierre, ser parte de una cadena.
Tuve que dejar la carrera ya que trabaja muchísimas horas en el diario al
principio. Fue mi primer trabajo con relación de dependencia y estaba muy
deslumbrada por el mundo profesional. Hice un poco más de la mitad de la
carrera pero lo que me pasaba es que en la facultad veía todo desde la teoría y
en el diario ponía en práctica todas las cosas que aprendía. Pienso que en su
momento le faltaba un poco dirección, era una carrera medio hibrida. Pero de
todas formas el paso por la UBA fue importante. Yo creo que tiene una cosa que
va más allá de la formación estrictamente académica. A mí me sirvió.
- ¿Cómo
era la vida en la casa de los Ulanovsky? - La
vida cotidiana era linda e interesante. Siempre los veía trabajando muy
apasionados. Me gustaba mucho acompañarlos a los dos a sus trabajos. Cuando
vivimos en México (del ‘77 al ‘83) lo acompañaba mucho a mi papá a su trabajo
en una revista del Instituto Nacional del Consumidor. Y después, cuando volvimos,
él empezó a trabajar en Clarín y me gustaba acompañarlo los domingos, porque trabajaba
los domingos. Me parecía muy divertido ese mundo, tenía esa cosa bohemia, los
veía a los periodistas trabajando con la máquina de escribir, tomando café, me
gustaba, me parecía algo muy interesante.
- ¿Siempre
supiste que querías ser fotógrafa?
- Digamos que sí. Lo que más me gustaba de la fotografía, en realidad, era la imagen del fotógrafo. No tanto me gustaba la idea de sacar
fotos sino más bien el cargar con el
bolso, tener un equipo, el flash, el trípode. No tanto la del periodista, que
es más quieto, más estático. Yo lo veía trabajando a mi papá horas y horas, sentado
en la silla. El trabajo de mi mamá, que tenía que salir todo el tiempo, era cada día distinto y me atraía más.
- De
todas formas demostraste tener interés por la escritura, ya que publicaste un
libro llamado “Algunas madres también se
mueren”, dedicado a tu madre. ¿Cómo fue eso? -
La escritura fue algo que siempre me costó un montón. Mi papá siempre me decía que yo iba a ser
periodista porque siempre hacía muy buenas preguntas, o interesantes al menos, desde
muy chiquita, que era muy curiosa. Yo
siempre le decía que no. No me salía.
A partir de que murió mi mamá en 2005, tuve una necesidad que fue más grande
que mi propio prejuicio: la de ponerme a escribir sobre esa experiencia tan
dolorosa, tan repentina porque se enfermó de cáncer y murió a los 3 meses.
Entonces escribí este libro, “Algunas
madres también se mueren”, que es como un crónica sobre ese momento y
también es una reflexión sobre el vínculo que tuve con ella y cómo es
convertirse en madre.
Inés habla con mucha naturalidad de la historia y de
su rica trayectoria. Sin embargo, cuando le pregunto por una cosa puntual, una
anécdota tan increíble como espectacular que a continuación me va a
desarrollar, noto que su pasión por la fotografía trasciende el mero gusto y
tiene un valor mayor. Ella sabe que las fotos tienen algo mágico, en el sentido
más literal de la palabra. Y lo sabe, precisamente, por lo que le pasó:
“A los 19 años yo estaba estudiando
fotografía Me daba vergüenza sacar fotos
en la calle, había algo de enfrentar a la gente desconocida que me daba
vergüenza, y por eso empecé a sacar fotos desde la ventana de mi pieza. Nosotros
vivíamos en la esquina de la AMIA el día que explotó la bomba. Estábamos todos
en casa y por suerte no nos pasó nada, pero la casa se destruyó. Cada uno
estaba en un lugar protegido de casualidad. Al ratito de la explosión, tuve la necesidad
de sacar fotos. Saqué fotos a mi habitación, recuerdo la sensación no poder
poner el rollo en la cámara, de estar temblando de miedo, tardaba bastante en
resolver esto. Hice algunas fotos de mi pieza que estaba completamente llena de
vidrios, tenía un pez en una pecera que había estallado en pedazos. Fue como
una escena de película, tremenda. La
sensación era de tal sorpresa y fue una especie de necesidad la de registrar
todo eso que era muy raro. Con mi mamá decíamos: ¡Saquemos fotos de esto que no
se puede creer! Yo bajé y empecé a ver cosas muy feas, heridos, gente llorando.
Era el 18 de julio y hacía mucho frío, y nosotros con todas las ventanas rotas.
Escuchábamos sirenas. Ahí saqué algunas fotos desde mi ventana. Cada año, cada aniversario hacían ahí un
acto en conmemoración y yo seguí sacando fotos pero como una especie de
registro personal del cambio de rutina que sufría el barrio.
Dentro de esas fotos, yo saqué una de un fotógrafo en el edificio de en frente
en julio de 1997.
En 2003 yo me compré un scanner de negativos y me empezó a dar curiosidad qué
había sacado antes. Empiezo a ver uno por uno mis sobres con archivos. Uno de
ellos decía” AMIA 1997”. Como mi trabajo en Clarín consistía en ver negativos,
yo ya tenía el ojo muy entrenado. Tenia una lupa, lo miré contra la ventana y
me pareció que lo conocía. El primer fotograma era un grupo de gente en la
terraza del edifico de enfrente, en el segundo fotograma se ve a un fotógrafo
desde bastante lejos sacando una foto, y en el tercero está el mismo fotógrafo
pero más de cerca (se ve que había agarrado el teleobjetivo). Cuando lo veo me
parece reconocer al fotógrafo y cuando lo escaneo efectivamente descubro que
era mi marido el de la foto. Mi marido es Diego Levy, fotógrafo también, a quien conocí 8 meses después en Clarín.
Cuando descubro esa situación no lo podía creer. Él volvió a casa ese día y me
dijo que sí, que efectivamente había estado ahí.”
A quien no se le erice la piel con esta anécdota, le
recomiendo que se haga ver por un psicoanalista con urgencia. Estremece el poder
las sincronicidades, el mal llamado “destino”, y supongo que lo que más nos
maravilla aún es la ingenuidad con la cual vamos por la vida antes de saber que
estas cosas están por pasarnos. Lo que demuestra que lo que nos sucede, es
totalmente impredecible, que somos los simples títeres de nuestra propia existencia.
Y esta bellísima casualidad disparó en Inés el deseo de difundir estos pequeños
milagros.
La famosa foto
- ¿Cuál
fue tu reacción al darte cuenta de que habías fotografiado a tu marido antes de
siquiera conocerlo?
- Fue mucha la sorpresa y la emoción. Algo realmente
increíble me había sucedido. A partir de eso decidí hacer una convocatoria para
este tipo de historias, me pareció que debía haber un montón que merecían ser
contadas así que abrí una página de Facebook (Facebook: historiasdefotos) para que la gente me las comparta.
Y tuve muchísima respuesta, la gente se
entusiasmó con la iniciativa. Me gustaría hacer un libro y compilarlas todas.
-
Y ¿qué considerás que tiene que tener una buena foto?
-
Cuando a mí me gustan, es porque son fotos que me atraviesan y que no sé por
qué me conmueven y me impresionan. Me impactan, me dicen algo, me intrigan. Es
completamente subjetivo. Busco cosas
específicas. A veces mi hijo de 7, o mi hija de 4, sacan fotos con el celular y
las veo y pienso: ¡qué fotones!, porque
lo que están haciendo es registrar algo que a ellos les interesa y a veces
descubro en esa mirada algo muy interesante. No soy tan fan de la perfección de
la técnica y de la luz, cuando las fotografías están demasiado pensadas o
planificadas me aburren.
- Por
último, foto(s) que sea(n) significativa(s)
para vos, que te hayan marcado: - Hay
una foto que me sacó mi mamá cuando yo tenía 3 o 4 años que lo que se ve es que estoy a contraluz contra una ventana. La
sensación que da es de mucho peligro, como si yo me estuviera por tirar o caer.
Lo que me pasó con esa foto es que siempre me pareció que yo estaba sola. Fue
una de las primeras fotos que desde muy chica me trasmitió sensaciones intensas.
Después hay otra que es muy linda que nos
sacó un amigo de mi mamá. Estamos las dos juntas y es maravillosa porque estamos
exactamente iguales.
Concluyo esta amena charla con una mujer que
realmente demuestra ser una verdadera apasionada por su trabajo, y pienso que
la pasión es un elemento esencial para el desarrollo de nuestras actividades.
Sin ella todo se desmorona, todo es ficción. Quizás esta forma de encarar la
profesión se le atribuya al ejemplo de
su madre, quien evidentemente ha sido y sigue siendo de una importancia crucial
en la vida de Inés. Dicen que la infancia es el momento más importante en la vida de un ser humano.
Que de chicos somos esponjas y todo nos
afecta, todo lo que nos rodea abona a la construcción del adulto que en el
futuro seremos. Esos acontecimientos serán los primeros fotogramas en el rollo
de nuestra personalidad. Y realmente resulta grato evidenciar en Inés, la
presencia intacta, al día de hoy, de esa nena que miraba con admiración a su
mamá a través del visor de una máquina fotográfica.
Mi sketch preferido de Cha cha chá es, probablemente, el de la parodia a la telenovela venezolana "Temblor de bombacha". Quizás esté pasando por alto otros por demás espectaculares, pero creo que este fue el que me pegó al punto tal que con una amiga, cada vez que nos vemos, nos la pasamos repitiendo constantemente las líneas que dicen Casero, Capusotto y Alberti en el capítulo dos.
Alfredo Casero intepreta a Conchola Alonso, una mujer que acaba de enviudar hace 5 minutos. Su marido muere allí mismo, ante sus ojos, ahogado en la pileta tras recibir un pelotazo de tenis en la cabeza y caer con todo el peso de su cuerpo al agua. Su brutal asesino, Ricardo, en la piel de Fabio Alberti, se siente muy acongojado por haberle ocasionado la accidental muerte a un vecino, y decide remediar a Conchola invitándola a cenar a su mansión. Ésta, desprendida de toda moral, acepta (aunque todo el tiempo se plantea que no sabe si debe).
(Recomiendo ver el video para un mayor aprovechamiento del texto)
Digamos que la escena de este segundo capítulo se desarrolla completa en el living de la casa de Ricardo y es allí en donde se desenlaza la trama del episodio. Dejando de lado la gracia y el carisma de la tonada centroamericana de Conchola, a mí me fascina este capítulo por sus diálogos. Comprendo que muchos pueden verlo y pensar que esta clase de humor es absurda, un delirio y no les saque ni una sola mueca (lo comprendo hasta ahí, porque para mí Casero es de lo más grande que hay). El guión de toda esta falsa telenovela me parece brillante. Hay un tercer personaje en cuestión: la madre de Ricardo, Olinda Veltis, que es Diego Capusotto disfrazado de mujer. Su rol es primordial, ya que es gracias a ella que explota el conflicto central de la historia. No tengo idea de si será producto de la improvisación, o de si se trata de un guión premeditado, poco importa eso; los tres personajes en escena se manejan con una fluidez encantadora, y nos mantienen atrapados a los espectadores a la espera de que lo menos coherente puede suceder en el próximo segundo. Como por ejemplo, cuando la madre de Ricardo se queda a solas con Conchola, y en un ataque de sinceridad, ésta se saca la peluca y descubren su más profundo secreto: ella no es Olinda sino Rodolfo Ranni. Este acontecimiento funciona como disparador de una batalla campal en la cual vuela un perro de cerámica, Casero intenta, de forma fallida, defenderse con una columna que sostiene la casa, se gritan, se insultan y se arrastran por el suelo. Y en el medio de toda esta anarquía, al personaje de Ricardo lo único que parece importarle es la irreparable pérdida de su perro de cerámica traído de Pekín. Conchola, en un rapto de extrema sensatez, se da cuenta de que empezar una relación con Ricardo sería algo "muy jodido, muy rebuscado, muy raro". Es gracioso que advierta esto, una persona que minutos más tarde termina por enquilombar por completo la casa y se va dando un portazo al grito de "me haré puta".
La siguiente parece una relación un poco tirada de los pelos, pero creo que hay mucho de realidad en todo el circo que se plantea en esta escena: ¿Cuántas veces en la vida nos pasa que los amigos, la familia, las parejas, demuestran ser de una manera totalmente distinta a como nosotros creíamos que eran? Parezco estar tirando palos para todos lados con esta declaración, y probablemente sea una intención subrepticia, pero no muy valiente ni dirigida a nadie en particular porque no es la idea. La idea, si es que hay alguna y esto no es más que un mero ejercicio de asociación libre, o un articulado de frases sin más que un objetivo terapéutico para quien les escribe, es que pocos sentimientos son tan feos en la vida como la decepción. Esta puede a veces ser progresiva, gradual, y para aquellos desprevenidos negadores, abrupta y descorazonadora. A mí me da una pena muy grande que estemos condenados a caer una y otra vez en la decepción, que no haya un límite, y que la vida sea una sucesión de auto-regeneraciones. Por otro lado, celebro que los seres humanos tengamos esa capacidad de adaptación y podamos construir sobre las ruinas. Pido perdón si todo esto suena demasiado apocalíptico, aunque yo diría más bien que se trata de realismo.
El problema residiría en no aceptar esto, es decir, sostener relaciones que nos llevan hacia la nada, que no nos hacen ningún bien, sólo por el temor de que esas pasadas idealizaciones se desmoronen dejándonos completamente azorados, ante una terrible y dolorosa claridad. Mas bien prefiero yo reírme del absurdo, con Conchola, que asegura no estar loca y promete venganza, que no deja nada adentro y se desahoga saludablemente antes de dar el portazo final.
Probablemente con mi amiga sigamos imitando los diálogos de Cha cha chá hasta que nos volvamos viejas y colocaremos esas frases ridículas, pero tan graciosas, en cualquier conversación que creamos pertinente. Y así seguiremos todos por la vida, conociendo gente que nos haga feliz con la cual compartir chistes, música, películas, libros, charlas interesantísimas, todo eso, pero sin dejar de atender la cuestión de que siempre es posible que esa persona se convierta en Rodolfo Ranni.
Después de años de consumir películas, música y productos televisivos llegué a la conclusión que los medios de comunicación han arribado a fines fructíferos conmigo. Y no precisamente porque compre de forma compulsiva todo lo que me vendan, sino porque suscribo inocentemente a la definición de público objetivo o target.
Es difícil escaparle a los rótulos en estos tiempos, y me molesta. Pero lo tengo que aceptar. Consumimos lo que somos, y eso que somos no viene a ser algo muy distinto de aquello que nos gusta. Y a mí me gustan las canciones, por ejemplo, de She & Him, en la voz de la dulce Zooey, que hablan de que te rompieron el corazón, o de que creés que te lo cruzaste a ese chico que tanto quisiste pero no lo miraste y después quizás lo miraste, y ahí, te volviste a enamorar. O el bajón que implica que "pude ser tu chica y vos pudiste ser mi trébol de cuatro hojas"; por eso, "voy a hacer la cama para quedarme en ella para siempre", y demás cursilerías que ahora que las leo, me siento medio boluda.
Obvio que también me gustan otro tipo de bandas y estilos. Considero tener un abanico de intereses de amplio espectro (que nunca acaba de hacerse amplio, siempre es posible conocer más y más). Pero debo ser sincera, tengo un costado muy groso en mi personalidad el cual hace que me enganche con historias que van tele-dirigidas a las llamadas "minitas", como se dice ahora, como yo, sensibles, extremadamente reflexivas, fóbicas, etc. Y es que todo está tan meditado. Como Julieta Venegas que te dice que prefiere amores platónicos, amores imposibles, porque la pobre ya sufrió demasiado. O cuando le pide al pibe que vaya lento, que hay que ser delicado y esperar, para que una pueda darle todo lo que tiene. Suena muy forro todo. Pero es verdad. Y yo no es que escucho estas canciones y digo: "ay, tal cual, a mí me pasa lo mismo". O sí, lo pienso, pero mi cabeza carbura dos horas y media más pensando en que hubo alguien que vio que todo esto estaba bueno para vender, que había un séquito de muchachas esperando alerta esa reivindicación de la femineidad, una epifanía redentora.
Realmente no es sanador en lo absoluto escuchar estas canciones, o ver las películas en las cuales sus protagonistas femeninas se la pasan en pijama, con anteojos, medio demacradas, comiendo de un bowl, (no necesariamente tiene que ser de un bowl, pero sí debe ser comida berreta, o algo para picar) evadiendo su realidad de mierda ante el televisor. Y me pregunto ¿qué pasa con las mujeres en pijama? ¿Cuál es la idea que nos quieren trasmitir? Yo pienso que es un sinónimo de derrota, de abandono. Momento sumamente necesario en la vida de cualquiera, sea hombre o mujer, se sabe que uno no aprende nada si nunca tocó fondo. Pero vuelvo a los pijamas: siempre están. Cuando nos quieren hacer notar que la mina la está pasando mal, que está sola, que perdió el laburo (o que en éste la pasa para el diablo), que tiene problemas, nos la muestran en pijama, o comiendo. Está Michelle Pfeiffer, en "Frankie & Johnny" que no se anima a volver a enamorarse porque ya sufrió mucho en el pasado y prefiere quedarse en casa mirando un VHS y comiendo pizza. En pijama, obvio. O la más paradigmática, por llamarla de alguna manera, la patética Bridget Jones que canta "All by myself" frente al espejo buscando que todas las solteras de la audiencia digan: "sí, yo quiero ser como ella, que es gorda y no pega una pero los tiene a Hugh Grant y a Colin Firth cagándose a trompadas por ella en plena calle." Eso, claramente, no pasa. Lo sabemos muy bien, entendemos que es una película, pero la fantasía es inevitable. Pongo estos dos ejemplos para no citar los cientos que hay en el cine y en la televisión. Pero en todos pasa lo mismo: la mujer derrotada es la mujer en pijama, y cuando ésta retoma las riendas de su vida, la escena la acompaña con una música que roza lo épico cuando la misma se arregla, se produce y se pone linda para salir a comerse el mundo.Déjenme decirles algo: nos están re-cagando. Pareciera que estas películas se centran en mostrar mujeres que finalmente superan las adversidades, en las que ellas protagonizan la historia y tienen en las manos su destino. Bullshit. Es bastante poco probable que nuestra realidad material se vea reflejada en aquella de la mujer del final, la triunfante que consigue el laburo que tanto quería después de una lucha incansable de 1h y media de película; o que finalmente el tipo le dio bola, se dio cuenta de que tenía un minón al lado, una genia, que valía la pena y había que dejarse de joder. Más bien nos indentificamos con la versión desmejorada de ésta, la del pijama, la que anda impresentable todo el día por la casa deseando que la parta un rayo. Sé que todo esto suena a un manifiesto feminista, pero nada que ver. Me encantan todas estas películas, me la paso escuchando estas canciones que fingen ser espontáneas. En fin, lo disfruto.
Y acá es donde entro yo, que me resisto a entrar en el corralito del target pero estoy escribiendo esto, precisamente, y de pura casualidad, en pijama. Voilá.
Tengo un amigo que se llama Juan Manuel. Lo conocí el año pasado, en la facultad. Menos de un año es un tiempo relativamente corto para conocer a una persona, lo sé, pero sin embargo nuestro vínculo surgió muy repentinamente hasta llegar a lo que es hoy: una gran amistad. Y es que en general suele pasar eso, las grandes hermandades comienzan de golpe, como si nada, sin que uno se lo plantee mucho, y se desarrollan tan vertiginosamente que nadie se da cuenta.
Juntos compartimos muchos momentos memorables.
Meriendas en la Plaza de los dos Congresos, juntadas a estudiar hasta la madrugada en mi casa, con la luz cortada y un calor abrasador en pleno noviembre. También ha sido un gran compañero en actividades solidarias: asistimos juntos al acto que se hizo en la estación de tren a un año de la tragedia de Once y fuimos a la Catedral Metropolitana para donar y ayudar a organizar todo lo que se enviaba para los inundados de La Plata. Un amigo que me ha bancado muchísimo en este último tiempo, una persona de un aguante incondicional, a la cual le estoy muy agradecida.
Me decidí a escribir sobre él porque ayer tuvimos un día distinto. El jueves a la noche, volví a mi casa y me encontré con un mensaje de mi amigo que me sugería ir a un evento que se hacía en homenaje a Julio Cortázar. Este tenía lugar en una biblioteca en ese barrio que tanto me gusta, el punto indefinido entre Almagro/Abasto/Villa Crespo. Con motivo del aniversario número 50 de Rayuela, los administradores de esta biblioteca barrial de la calle Lavalleja, organizaron una serie de actividades para conmemorar la primera edición de esta paradigmática obra. Ante todo, tengo que aclarar que no leí Rayuela. Es uno de mis grandes pecados como lectora y como ser humano (tampoco vi el Padrino II, ni la III). En fin.
Nos encontramos a las 7 de la tarde de ese día entre húmedo y frío de junio. Una etapa del año que particularmente detesto, porque este tipo de clima tiende a recluirme en mi casa, sin ganas de salir ni de ver a nadie. El lugar estaba atestado de personas, en su mayoría, viejos. Había una propuesta interesante, que consistía en llevar un libro del cual uno quisiera desprenderse, para tomar otro que haya llevado alguien con la misma intención, formando así, una interminable cadena de favores literaria. Se ve que llegamos medio tarde, o sobre la hora, porque ninguno de los que quedaba nos resultó interesante. Yo había llevado "Ficciones" de Borges, porque tengo dos ediciones iguales en casa, pero me parecía demasiado bueno como para dejarlo y llevarme una obra de teatro llamada "El debut de la piba". Quizás se trataba de una obra maestra, puede ser, pero de todas formas, no quise arriesgarme.
Como bien dije antes, la sala principal de esta biblioteca estaba repleta de gente. Nos chocábamos, nos empujábamos entre todos. No había comodidad para desplazarse. Las personas mayores que poblaban este recinto se encontraban particularmente fastidiosas, y nos miraban a nosotros, representantes de la juventud, con cierto recelo, imputándonos que nos habíamos colado en una fila inexistente. Finalmente, ingresamos a un auditorio que no estaba preparado para recibir a tanta gente, seríamos unas 300 personas aproximadamente, y todos los ancianos habían acaparado las sillas, como debe ser. Juan Manuel estaba entusiasmado porque en la entrada nos habían dado un número a cada uno para que participáramos en un sorteo. "78 A" era el mío. Los premios eran las obras completas de Julio, cinco ejemplares de Rayuela, y un desayuno en un café llamado "Bonjour Paris". Mi amigo me dijo al entrar: "es fija que me lo gano yo".
La primera parte del evento consistió en escuchar a un grupo de músicos de jazz que tocaban mientras un señor, un escritor y clarinetista principiante, leía capítulos especialmente escogidos de Rayuela. Quizás el hombre no brilló por ser un gran narrador, pero de todas formas fue un momento agradable. La música era amena aunque costaba disfrutarla en un entorno tan incómodo: poco espacio, todos parados y yo con un incipiente dolor de cintura. ¿Quién es la vieja ahora?
Luego del espectáculo musical, decidimos sentarnos en el piso y resignamos verle las caras a las escritoras que estaban en una suerte de panel de discusión sobre la obra de Cortázar en su conjunto. El salón se fue desagotando a medida que la conferencia empezó. En un momento, justo al lado nuestro, llegó una muy bella mujer, de unos 50 años, rubia de ojos claros, alta, de muy fino porte. De esas lindas, que conservan su elegancia en la adultez. Juan Manuel me dijo que se trataba de una escritora, que casualmente había sido invitada una vez a nuestra querida facultad, allá por el primer año de la carrera, cuando cursábamos la materia Taller de Expresión I, un taller de escritura. Por ese entonces, mi compañero y yo no nos conocíamos, y como supe cursar esa misma materia en otra cátedra, me perdí de esa charla.
La conversación entre las escritoras sobre el escenario tuvo sus altibajos. Una de ellas, quien posee el honor de haber conocido y tratado a Cortázar en persona, contó una anécdota sobre sus últimos meses de vida, en la cual el autor le reveló un sueño recurrente que se le presentaba. En el sueño, Julio alcanzaba el objetivo más deseado de toda su vida: había logrado poder expresar, en una última novela, todo aquello que siempre había querido decir. La particularidad de esta hazaña, residía en que cuando el editor le entregaba el libro a Cortázar, este estaba escrito con formas geométricas. Esta mujer, amiga del autor, desprendía de este hecho un análisis del sueño e interpretaba que su significado, era la frustración del artista ante la inefabilidad y ante esa dificultad que tiene toda obra de arte de trascender lo esencialmente terrenal para que se convierta en algo totalizador, que explique la existencia misma. Todo esto fue un disparador para una charla futura que tuvimos con Juan Manuel, en la cual yo le expresé mi desacuerdo con esta premisa. Para mí sí hay obras de arte que trascienden al hombre, que nos elevan a un nivel de sensibilidad en la percepción y nos tocan verdaderamente el alma.
Sin ir más lejos, he aquí la prueba:
Tras un fuerte aplauso del auditorio, el panel compuesto por estas mujeres llegó a su fin. Pero faltaba algo. El sorteo. En primer lugar, se subastó el desayuno gratuito, que no escuchamos quién fue el ganador (el cansancio físico de estar allí perturbaba nuestra atención a esta altura). Ya de pie, de brazos cruzados, cargando con mi piloto de lluvia, miré a Juan quien no sacaba los ojos de su numerito de talonario. La mano de una de las mujeres en el escenario hurgó en la bolsa de plástico que contenía todos los papelitos y sacó uno. "77 A". Como no podía ser de otra manera, este era el número de mi amigo. Se había ganado una bellísima edición de Rayuela de la editorial Alfaguara. La sorpresa fue total, por más que él en todo momento sostuvo que este sería su día de suerte y que había ido para ganárselo. En este trajín de emociones, de premoniciones corrobordas, Juan Manuel subió al escenario y recibió su premio. Le tomaron una foto y mostró el nuevo tesoro adquirido ante todo el auditorio. Nosotros aplaudimos, y el ritmo del sorteo siguió su curso hasta que se entregaron todos los libros que quedaban por regalar.
La escritora que todo este tiempo siguió a nuestro lado, Inés Garland, felicitó a Juan y le dijo: "viste, vos que estabas tan seguro de que ibas a ganar!". Ante este comentario mi amigo tuvo un lindo gesto con la mujer, le contó que la recordaba de aquella charla que dio en la Facultas de Sociales de la UBA, y le pidió si le podía autografiar su nuevo y reluciente ejemplar de Rayuela. Con un poco de reticencia, ya que no se creía legitimada para escribir su firma en una obra de Cortázar, la mujer aceptó, y dejó una dedicatoria bellísima en el libro de mi amigo. Ella estaba acompañada de un señor mayor que nos despidió a ambos con mucha amabilidad y le dijo a Juan: ¡Auguri! Nos causó gracia y ternura a la vez.
Abandonamos la biblioteca barrial absortos por lo que había sucedido. Maravillados de que se haya producido la coincidencia, de esas que ocurren con poca asiduidad. Hubiera sido una mayor casualidad todavía, que la obra de Cortázar que Juan se ganó, hubiese sido, precisamente, "Libro de Manuel", pero no. Era Rayuela. Y yo creo que ahora, la historia que se trazó entre esta novela y mi amigo, es totalmente distinta. Esta estuvo signada desde el comienzo por una certeza y por un destino de que tenía que ser así, que él tenía que ganársela. Son estas pequeñas cosas, estos pequeños guiños, esos encuentros en carne propia con el arte, los más reveladores, los que nos tocan el alma nuevamente, y le dan sentido a la vida.