"...you especially have to be hurt like hell before you can write seriously. But when you get the damned hurt, use it, don't cheat with it..."
-Ernest Hemingway-
Qué miedo que da volver solo por primera vez del colegio, de inglés o de cualquier otra actividad que desarrollemos en la pre-adolescencia. Por mucho que me esfuerce en recordar, no creo poder revivir lo que sentí en aquel momento que crucé una avenida sin estar de la manito de mi mamá, es imposible volver a esa inocencia. Lo que se puede hacer es rememorar, y tratar de reconstruir el pasado, pero bien sabemos que toda lectura a posteriori, jamás resulta ser cabalmente fiel a la original.
Existía ese temor de pasarte una cuadra con el colectivo y creer que el Apocalípsis se avecinaba, o la desesperación de hablar con extraños, porque sabíamos que nuestras caras comunicaban toda esa inseguridad, la falta de experiencia, la vulnerabilidad. Había algo de obsesión y perfeccionismo también, en el querer recordar con exactitud todas las indicaciones recibidas, y cumplirlas al pie de la letra. La velocidad con la que encarábamos las cuadras, sintiendo que si lográbamos llegar finalmente a nuestra casa, habíamos vencido a la adversidad y nos merecíamos un premio. Más aún para nosotras, las mujeres, que debíamos tener el cuádruple de cuidado, ya que cada hombre que nos miraba se convertía inmediatamente en un potencial violador, secuestrador y asesino. Detenerse en un kiosko era toda una hazaña que profesaba la independencia económica y la elección libre, ya no más sujeta a la voluntad de nuestros tiranos padres que nos decían qué se podía comprar y qué no. Era un verdadero acto de libertad, en el cual los errores estaban ahí, al acecho, esperando corporeizarse en una mala decisión, en tomar un bondi en el sentido contrario y terminar en Mataderos cuando en realidad querías ir a Plaza Serrano a tomar un juguito.
Yo no sé cómo se va ganando esa confianza. Tal vez la respuesta se les presente evidente a ustedes: con años. Sí, seguro. Pero me refiero a que por más que crezcamos, la desprotección sigue siendo una variable, y sobre todo, una posibilidad. Y a veces me encuentro caminando sola por la calle, sin esa excitación de creerme parte de algo realmente trascendental como podía resultarme el decir "$1,20, por favor", y lo extraño un poco. Extrapolado a otro aspecto de la vida, es un poco como dice el Polaco Goyenche: "si yo pudiera, como ayer, querer sin presentir". Frase que te aniquila la primera vez que la escuchás, te atraviesa el pecho y te corta al medio como un pan. Es tan cierta, tan humana. Cómo nos gustaría a todos resetear la cpu y empezar de cero, de verdad, cada vez que algo nos sale mal. No comparar constantemente nuestras relaciones actuales con las pasadas, haciendo un balance de saldo positivo, por suerte, porque siempre lo malo nos enseña. Yo tengo una posición ambigua al respecto: por un lado me encantaría querer, vivir, pensar, sin presentir, pero por otro, agradezco tremendamente a la experiencia, a lo vivido porque me educó, y me ayuda a ser una mejor versión de mí misma cada día.
Había empezado a escribir esta nueva entrada y me detuve para dejarle la computadora a mi mamá que quería ver una "cosita rápida" en internet. A veces me sorprende mi ingenuidad. O mejor dicho, mi descuido. Era obvio que me iba a cerrar las pestañas que dejé abiertas y se iba a perder, para toda la eternidad, el comienzo de mi para nada brillante texto. Está bien, me lo merezco por poco precavida. Aunque pienso que tal vez fue mejor así para todos. Que yo tuviera que volver a redactar otra vez tras este pequeño incidente casero, me dio un tiempo para reorganizar más eficazmente lo que quería y todavía quiero decir.
A ver cómo retomo... La idea inicial consiste en describir una sensación que me asalta con muchísima frecuencia, la cual puedo describir muy bien pero me cuesta rotular bajo una denominación totalizadora. Quizás a lo largo de la escritura encuentre alguna forma de llamarla que me complazca, ya veremos.
Estoy segura de que la experimentaste alguna vez, o de que te pasa como a mí que se me aparece casi todos los días de la vida (especialmente cuando ando muy malhumorada). Anoche no me podía dormir y di mil vueltas en la cama sintiéndome abrazada de pies a cabeza por ella. Podría emparentársela con la frustración reiterada o el hastío, pero me quedaría corta si me limito a estas dos ya que se trata de algo más complejo. Tiene cosas de ambas pero se le adiciona muy impertinentemente un sentimiento positivo que es el de la esperanza. Y quizás es ahí mismo en donde reside su peculiaridad. La voluntad de vivir de la cual hablaba Arthur Schopenahuer, la mayor condena del ser humano, ya que el deseo mismo produce dolor. Él parte de la premisa que el vivir está fatalmente vinculado con el sufrimiento. Desde el primer instante de vida y así para siempre. Para llegar a esta idea previamente se hizo una pregunta que consistía en dilucidar qué es la felicidad. Para Schopenahuer la felicidad es la liberación, que se produce sólo de ratitos y dura poco. Es experimentar el arrebato de la vida por fuera del yo corporal; liberarse de las coordenadas de tiempo y espacio. En su obra "El mundo como voluntad y representación", el filósofo alemán sostiene que fuera de la encarnación nada tiene sentido ya que en el universo todo es una representación. Lo único que le imprime sentido a la existencia, si es que este sentido se descubre alguna vez, es la voluntad, es decir, el deseo, la pulsión. Y en verdad, lo que produce la frustración no es el deseo mismo, sino las restricciones que el mundo le impone.
Si es que entendí bien al bueno de Arthur, estoy totalmente de acuerdo con esta idea de que vivir es sufrir, y desear, hasta en los momentos límite, es peor aún que no tener esperanza alguna. No es casual que me haya atraído la obra de uno de los representantes más importantes del pesimismo filosófico, yo tengo ese costado medio emo que me encanta alimentar cada tanto. Lo que me pasó anoche mientras trataba de conciliar el sueño, era que me encontraba reflexionando sobre las mismas cosas de siempre, las frustraciones de la cotidianidad, los proyectos postergados y tenía una representación visual de esta sensación muy gráfica, similar a cuando en los dibujitos se muere alguno y el "espíritu" se le sale del cuerpo y camina dejando al mismo yaciendo horizontal. En mi imagen no es que yo esté muerta, ese espíritu sale de mi cuerpo; pero se queda a medio camino, como que tiene ganas de liberarse, de ser feliz, de salir a buscar qué se yo qué, y a mitad del trayecto vuelve a acostarse para dejar todo quietecito, todo como estaba antes.
Me pasa esto siempre. Me cruzo con las mismas dificultades y el entorno me desalienta. Ahí es cuando experimento la famosa sensación: uno se frustra pero lo peor no es eso, sino el hecho de que no es una opción quedarse frustrado, boca abajo, horizontal para siempre; en algún momento hay que salir y tener la voluntad bien lustrada, la energía nueva como si no existiera el pasado. Es desgano, fiaca, bronca. Pero lo peor es la maldita pulsión de que todo tiene que ser mejor, porque ¿cómo la vida va a ser lisa y llanamente una mierda? No, no puede ser.
Es viernes a la tarde y quedé en encontrarme con ella
en algún lugar cercano a la intersección de las calles Gascón y Avenida Córdoba,
a las 15.30. Tras un mensaje vía Whatsapp, mi entrevistada me confirma que la
cita será en un café que queda al lado del Sanatorio Güemes. Me dirijo hacia
allá y cuando llego a la esquina la veo hablando por teléfono celular. Dudo un
momento si es ella (jamás nos vimos en persona), pero al instante descubro
que no puede ser otra que la fotógrafa Inés Ulanovsky.
Proviene de una familia en la cual el periodismo y el contacto con los medios
se respiraba en cada rincón de la casa. Hija del gran Carlos Ulanovsky y de la
reconocida Marta Merkin, Inés se luce
desde muy jovencita como fotógrafa y se desempeña con mucho éxito y calidad. Es innegable que todos sus trabajos llevan su
marca personal, una impronta que combina el talento y la frescura de lo
inesperado. “Yo cuando saco fotos no
intento nada porque siento que se perdería un poco esa cosa mágica que tiene la
foto. Es medio misterioso lo que pasa con la fotografía. Tiene un elemento
mágico, tiene que ver con la intuición”. Y esto es muy cierto, su discurso
se corresponde con el camino que llevó desde los primeros pasos de su
formación.
- Contame
cómo fue tu formación, qué estudios y trabajos tuviste. -
Para empezar a hablar de mi formación debería hablar de mis influencias, que es
que mi mamá era fotógrafa, y yo la acompañaba desde muy chiquita. El mundo de la fotografía me gustaba mucho. El
laboratorio blanco y negro y eso que pasaba ahí que era como muy mágico, en
donde aparecían las imágenes de la nada. A los 14 años empecé a estudiar con Andy Goldstein,
hice la carrera de fotoperiodismo de TEA, después estudié Diseño de Imagen y Sonido
en la UBA y en la mitad de la carrera empecé a trabajar en Clarín, en la parte
de fotografía. Estuve 3 años en el departamento
de edición y esa fue una parte muy importante de mi vida. Yo ahí tenía que ver los
rollos de los fotógrafos (a los cuales admiraba) y elegir las fotos para notas.
Trabajaba para suplementos, y también para el cuerpo del diario. Aprendí un
montón del oficio, a ver cómo fotografiaban
los más grandes y aprendí a trabajar con mucho stress y con la necesidad de
cerrar diarios. Fue un gran aprendizaje, no había mucho margen para equivocarse
ni para fallar, ni para preguntarse cómo había que resolver. Fue muy útil trabajar
en equipo con un deadline, con un
cierre, ser parte de una cadena.
Tuve que dejar la carrera ya que trabaja muchísimas horas en el diario al
principio. Fue mi primer trabajo con relación de dependencia y estaba muy
deslumbrada por el mundo profesional. Hice un poco más de la mitad de la
carrera pero lo que me pasaba es que en la facultad veía todo desde la teoría y
en el diario ponía en práctica todas las cosas que aprendía. Pienso que en su
momento le faltaba un poco dirección, era una carrera medio hibrida. Pero de
todas formas el paso por la UBA fue importante. Yo creo que tiene una cosa que
va más allá de la formación estrictamente académica. A mí me sirvió.
- ¿Cómo
era la vida en la casa de los Ulanovsky? - La
vida cotidiana era linda e interesante. Siempre los veía trabajando muy
apasionados. Me gustaba mucho acompañarlos a los dos a sus trabajos. Cuando
vivimos en México (del ‘77 al ‘83) lo acompañaba mucho a mi papá a su trabajo
en una revista del Instituto Nacional del Consumidor. Y después, cuando volvimos,
él empezó a trabajar en Clarín y me gustaba acompañarlo los domingos, porque trabajaba
los domingos. Me parecía muy divertido ese mundo, tenía esa cosa bohemia, los
veía a los periodistas trabajando con la máquina de escribir, tomando café, me
gustaba, me parecía algo muy interesante.
- ¿Siempre
supiste que querías ser fotógrafa?
- Digamos que sí. Lo que más me gustaba de la fotografía, en realidad, era la imagen del fotógrafo. No tanto me gustaba la idea de sacar
fotos sino más bien el cargar con el
bolso, tener un equipo, el flash, el trípode. No tanto la del periodista, que
es más quieto, más estático. Yo lo veía trabajando a mi papá horas y horas, sentado
en la silla. El trabajo de mi mamá, que tenía que salir todo el tiempo, era cada día distinto y me atraía más.
- De
todas formas demostraste tener interés por la escritura, ya que publicaste un
libro llamado “Algunas madres también se
mueren”, dedicado a tu madre. ¿Cómo fue eso? -
La escritura fue algo que siempre me costó un montón. Mi papá siempre me decía que yo iba a ser
periodista porque siempre hacía muy buenas preguntas, o interesantes al menos, desde
muy chiquita, que era muy curiosa. Yo
siempre le decía que no. No me salía.
A partir de que murió mi mamá en 2005, tuve una necesidad que fue más grande
que mi propio prejuicio: la de ponerme a escribir sobre esa experiencia tan
dolorosa, tan repentina porque se enfermó de cáncer y murió a los 3 meses.
Entonces escribí este libro, “Algunas
madres también se mueren”, que es como un crónica sobre ese momento y
también es una reflexión sobre el vínculo que tuve con ella y cómo es
convertirse en madre.
Inés habla con mucha naturalidad de la historia y de
su rica trayectoria. Sin embargo, cuando le pregunto por una cosa puntual, una
anécdota tan increíble como espectacular que a continuación me va a
desarrollar, noto que su pasión por la fotografía trasciende el mero gusto y
tiene un valor mayor. Ella sabe que las fotos tienen algo mágico, en el sentido
más literal de la palabra. Y lo sabe, precisamente, por lo que le pasó:
“A los 19 años yo estaba estudiando
fotografía Me daba vergüenza sacar fotos
en la calle, había algo de enfrentar a la gente desconocida que me daba
vergüenza, y por eso empecé a sacar fotos desde la ventana de mi pieza. Nosotros
vivíamos en la esquina de la AMIA el día que explotó la bomba. Estábamos todos
en casa y por suerte no nos pasó nada, pero la casa se destruyó. Cada uno
estaba en un lugar protegido de casualidad. Al ratito de la explosión, tuve la necesidad
de sacar fotos. Saqué fotos a mi habitación, recuerdo la sensación no poder
poner el rollo en la cámara, de estar temblando de miedo, tardaba bastante en
resolver esto. Hice algunas fotos de mi pieza que estaba completamente llena de
vidrios, tenía un pez en una pecera que había estallado en pedazos. Fue como
una escena de película, tremenda. La
sensación era de tal sorpresa y fue una especie de necesidad la de registrar
todo eso que era muy raro. Con mi mamá decíamos: ¡Saquemos fotos de esto que no
se puede creer! Yo bajé y empecé a ver cosas muy feas, heridos, gente llorando.
Era el 18 de julio y hacía mucho frío, y nosotros con todas las ventanas rotas.
Escuchábamos sirenas. Ahí saqué algunas fotos desde mi ventana. Cada año, cada aniversario hacían ahí un
acto en conmemoración y yo seguí sacando fotos pero como una especie de
registro personal del cambio de rutina que sufría el barrio.
Dentro de esas fotos, yo saqué una de un fotógrafo en el edificio de en frente
en julio de 1997.
En 2003 yo me compré un scanner de negativos y me empezó a dar curiosidad qué
había sacado antes. Empiezo a ver uno por uno mis sobres con archivos. Uno de
ellos decía” AMIA 1997”. Como mi trabajo en Clarín consistía en ver negativos,
yo ya tenía el ojo muy entrenado. Tenia una lupa, lo miré contra la ventana y
me pareció que lo conocía. El primer fotograma era un grupo de gente en la
terraza del edifico de enfrente, en el segundo fotograma se ve a un fotógrafo
desde bastante lejos sacando una foto, y en el tercero está el mismo fotógrafo
pero más de cerca (se ve que había agarrado el teleobjetivo). Cuando lo veo me
parece reconocer al fotógrafo y cuando lo escaneo efectivamente descubro que
era mi marido el de la foto. Mi marido es Diego Levy, fotógrafo también, a quien conocí 8 meses después en Clarín.
Cuando descubro esa situación no lo podía creer. Él volvió a casa ese día y me
dijo que sí, que efectivamente había estado ahí.”
A quien no se le erice la piel con esta anécdota, le
recomiendo que se haga ver por un psicoanalista con urgencia. Estremece el poder
las sincronicidades, el mal llamado “destino”, y supongo que lo que más nos
maravilla aún es la ingenuidad con la cual vamos por la vida antes de saber que
estas cosas están por pasarnos. Lo que demuestra que lo que nos sucede, es
totalmente impredecible, que somos los simples títeres de nuestra propia existencia.
Y esta bellísima casualidad disparó en Inés el deseo de difundir estos pequeños
milagros.
La famosa foto
- ¿Cuál
fue tu reacción al darte cuenta de que habías fotografiado a tu marido antes de
siquiera conocerlo?
- Fue mucha la sorpresa y la emoción. Algo realmente
increíble me había sucedido. A partir de eso decidí hacer una convocatoria para
este tipo de historias, me pareció que debía haber un montón que merecían ser
contadas así que abrí una página de Facebook (Facebook: historiasdefotos) para que la gente me las comparta.
Y tuve muchísima respuesta, la gente se
entusiasmó con la iniciativa. Me gustaría hacer un libro y compilarlas todas.
-
Y ¿qué considerás que tiene que tener una buena foto?
-
Cuando a mí me gustan, es porque son fotos que me atraviesan y que no sé por
qué me conmueven y me impresionan. Me impactan, me dicen algo, me intrigan. Es
completamente subjetivo. Busco cosas
específicas. A veces mi hijo de 7, o mi hija de 4, sacan fotos con el celular y
las veo y pienso: ¡qué fotones!, porque
lo que están haciendo es registrar algo que a ellos les interesa y a veces
descubro en esa mirada algo muy interesante. No soy tan fan de la perfección de
la técnica y de la luz, cuando las fotografías están demasiado pensadas o
planificadas me aburren.
- Por
último, foto(s) que sea(n) significativa(s)
para vos, que te hayan marcado: - Hay
una foto que me sacó mi mamá cuando yo tenía 3 o 4 años que lo que se ve es que estoy a contraluz contra una ventana. La
sensación que da es de mucho peligro, como si yo me estuviera por tirar o caer.
Lo que me pasó con esa foto es que siempre me pareció que yo estaba sola. Fue
una de las primeras fotos que desde muy chica me trasmitió sensaciones intensas.
Después hay otra que es muy linda que nos
sacó un amigo de mi mamá. Estamos las dos juntas y es maravillosa porque estamos
exactamente iguales.
Concluyo esta amena charla con una mujer que
realmente demuestra ser una verdadera apasionada por su trabajo, y pienso que
la pasión es un elemento esencial para el desarrollo de nuestras actividades.
Sin ella todo se desmorona, todo es ficción. Quizás esta forma de encarar la
profesión se le atribuya al ejemplo de
su madre, quien evidentemente ha sido y sigue siendo de una importancia crucial
en la vida de Inés. Dicen que la infancia es el momento más importante en la vida de un ser humano.
Que de chicos somos esponjas y todo nos
afecta, todo lo que nos rodea abona a la construcción del adulto que en el
futuro seremos. Esos acontecimientos serán los primeros fotogramas en el rollo
de nuestra personalidad. Y realmente resulta grato evidenciar en Inés, la
presencia intacta, al día de hoy, de esa nena que miraba con admiración a su
mamá a través del visor de una máquina fotográfica.
Mi sketch preferido de Cha cha chá es, probablemente, el de la parodia a la telenovela venezolana "Temblor de bombacha". Quizás esté pasando por alto otros por demás espectaculares, pero creo que este fue el que me pegó al punto tal que con una amiga, cada vez que nos vemos, nos la pasamos repitiendo constantemente las líneas que dicen Casero, Capusotto y Alberti en el capítulo dos.
Alfredo Casero intepreta a Conchola Alonso, una mujer que acaba de enviudar hace 5 minutos. Su marido muere allí mismo, ante sus ojos, ahogado en la pileta tras recibir un pelotazo de tenis en la cabeza y caer con todo el peso de su cuerpo al agua. Su brutal asesino, Ricardo, en la piel de Fabio Alberti, se siente muy acongojado por haberle ocasionado la accidental muerte a un vecino, y decide remediar a Conchola invitándola a cenar a su mansión. Ésta, desprendida de toda moral, acepta (aunque todo el tiempo se plantea que no sabe si debe).
(Recomiendo ver el video para un mayor aprovechamiento del texto)
Digamos que la escena de este segundo capítulo se desarrolla completa en el living de la casa de Ricardo y es allí en donde se desenlaza la trama del episodio. Dejando de lado la gracia y el carisma de la tonada centroamericana de Conchola, a mí me fascina este capítulo por sus diálogos. Comprendo que muchos pueden verlo y pensar que esta clase de humor es absurda, un delirio y no les saque ni una sola mueca (lo comprendo hasta ahí, porque para mí Casero es de lo más grande que hay). El guión de toda esta falsa telenovela me parece brillante. Hay un tercer personaje en cuestión: la madre de Ricardo, Olinda Veltis, que es Diego Capusotto disfrazado de mujer. Su rol es primordial, ya que es gracias a ella que explota el conflicto central de la historia. No tengo idea de si será producto de la improvisación, o de si se trata de un guión premeditado, poco importa eso; los tres personajes en escena se manejan con una fluidez encantadora, y nos mantienen atrapados a los espectadores a la espera de que lo menos coherente puede suceder en el próximo segundo. Como por ejemplo, cuando la madre de Ricardo se queda a solas con Conchola, y en un ataque de sinceridad, ésta se saca la peluca y descubren su más profundo secreto: ella no es Olinda sino Rodolfo Ranni. Este acontecimiento funciona como disparador de una batalla campal en la cual vuela un perro de cerámica, Casero intenta, de forma fallida, defenderse con una columna que sostiene la casa, se gritan, se insultan y se arrastran por el suelo. Y en el medio de toda esta anarquía, al personaje de Ricardo lo único que parece importarle es la irreparable pérdida de su perro de cerámica traído de Pekín. Conchola, en un rapto de extrema sensatez, se da cuenta de que empezar una relación con Ricardo sería algo "muy jodido, muy rebuscado, muy raro". Es gracioso que advierta esto, una persona que minutos más tarde termina por enquilombar por completo la casa y se va dando un portazo al grito de "me haré puta".
La siguiente parece una relación un poco tirada de los pelos, pero creo que hay mucho de realidad en todo el circo que se plantea en esta escena: ¿Cuántas veces en la vida nos pasa que los amigos, la familia, las parejas, demuestran ser de una manera totalmente distinta a como nosotros creíamos que eran? Parezco estar tirando palos para todos lados con esta declaración, y probablemente sea una intención subrepticia, pero no muy valiente ni dirigida a nadie en particular porque no es la idea. La idea, si es que hay alguna y esto no es más que un mero ejercicio de asociación libre, o un articulado de frases sin más que un objetivo terapéutico para quien les escribe, es que pocos sentimientos son tan feos en la vida como la decepción. Esta puede a veces ser progresiva, gradual, y para aquellos desprevenidos negadores, abrupta y descorazonadora. A mí me da una pena muy grande que estemos condenados a caer una y otra vez en la decepción, que no haya un límite, y que la vida sea una sucesión de auto-regeneraciones. Por otro lado, celebro que los seres humanos tengamos esa capacidad de adaptación y podamos construir sobre las ruinas. Pido perdón si todo esto suena demasiado apocalíptico, aunque yo diría más bien que se trata de realismo.
El problema residiría en no aceptar esto, es decir, sostener relaciones que nos llevan hacia la nada, que no nos hacen ningún bien, sólo por el temor de que esas pasadas idealizaciones se desmoronen dejándonos completamente azorados, ante una terrible y dolorosa claridad. Mas bien prefiero yo reírme del absurdo, con Conchola, que asegura no estar loca y promete venganza, que no deja nada adentro y se desahoga saludablemente antes de dar el portazo final.
Probablemente con mi amiga sigamos imitando los diálogos de Cha cha chá hasta que nos volvamos viejas y colocaremos esas frases ridículas, pero tan graciosas, en cualquier conversación que creamos pertinente. Y así seguiremos todos por la vida, conociendo gente que nos haga feliz con la cual compartir chistes, música, películas, libros, charlas interesantísimas, todo eso, pero sin dejar de atender la cuestión de que siempre es posible que esa persona se convierta en Rodolfo Ranni.
Después de años de consumir películas, música y productos televisivos llegué a la conclusión que los medios de comunicación han arribado a fines fructíferos conmigo. Y no precisamente porque compre de forma compulsiva todo lo que me vendan, sino porque suscribo inocentemente a la definición de público objetivo o target.
Es difícil escaparle a los rótulos en estos tiempos, y me molesta. Pero lo tengo que aceptar. Consumimos lo que somos, y eso que somos no viene a ser algo muy distinto de aquello que nos gusta. Y a mí me gustan las canciones, por ejemplo, de She & Him, en la voz de la dulce Zooey, que hablan de que te rompieron el corazón, o de que creés que te lo cruzaste a ese chico que tanto quisiste pero no lo miraste y después quizás lo miraste, y ahí, te volviste a enamorar. O el bajón que implica que "pude ser tu chica y vos pudiste ser mi trébol de cuatro hojas"; por eso, "voy a hacer la cama para quedarme en ella para siempre", y demás cursilerías que ahora que las leo, me siento medio boluda.
Obvio que también me gustan otro tipo de bandas y estilos. Considero tener un abanico de intereses de amplio espectro (que nunca acaba de hacerse amplio, siempre es posible conocer más y más). Pero debo ser sincera, tengo un costado muy groso en mi personalidad el cual hace que me enganche con historias que van tele-dirigidas a las llamadas "minitas", como se dice ahora, como yo, sensibles, extremadamente reflexivas, fóbicas, etc. Y es que todo está tan meditado. Como Julieta Venegas que te dice que prefiere amores platónicos, amores imposibles, porque la pobre ya sufrió demasiado. O cuando le pide al pibe que vaya lento, que hay que ser delicado y esperar, para que una pueda darle todo lo que tiene. Suena muy forro todo. Pero es verdad. Y yo no es que escucho estas canciones y digo: "ay, tal cual, a mí me pasa lo mismo". O sí, lo pienso, pero mi cabeza carbura dos horas y media más pensando en que hubo alguien que vio que todo esto estaba bueno para vender, que había un séquito de muchachas esperando alerta esa reivindicación de la femineidad, una epifanía redentora.
Realmente no es sanador en lo absoluto escuchar estas canciones, o ver las películas en las cuales sus protagonistas femeninas se la pasan en pijama, con anteojos, medio demacradas, comiendo de un bowl, (no necesariamente tiene que ser de un bowl, pero sí debe ser comida berreta, o algo para picar) evadiendo su realidad de mierda ante el televisor. Y me pregunto ¿qué pasa con las mujeres en pijama? ¿Cuál es la idea que nos quieren trasmitir? Yo pienso que es un sinónimo de derrota, de abandono. Momento sumamente necesario en la vida de cualquiera, sea hombre o mujer, se sabe que uno no aprende nada si nunca tocó fondo. Pero vuelvo a los pijamas: siempre están. Cuando nos quieren hacer notar que la mina la está pasando mal, que está sola, que perdió el laburo (o que en éste la pasa para el diablo), que tiene problemas, nos la muestran en pijama, o comiendo. Está Michelle Pfeiffer, en "Frankie & Johnny" que no se anima a volver a enamorarse porque ya sufrió mucho en el pasado y prefiere quedarse en casa mirando un VHS y comiendo pizza. En pijama, obvio. O la más paradigmática, por llamarla de alguna manera, la patética Bridget Jones que canta "All by myself" frente al espejo buscando que todas las solteras de la audiencia digan: "sí, yo quiero ser como ella, que es gorda y no pega una pero los tiene a Hugh Grant y a Colin Firth cagándose a trompadas por ella en plena calle." Eso, claramente, no pasa. Lo sabemos muy bien, entendemos que es una película, pero la fantasía es inevitable. Pongo estos dos ejemplos para no citar los cientos que hay en el cine y en la televisión. Pero en todos pasa lo mismo: la mujer derrotada es la mujer en pijama, y cuando ésta retoma las riendas de su vida, la escena la acompaña con una música que roza lo épico cuando la misma se arregla, se produce y se pone linda para salir a comerse el mundo.Déjenme decirles algo: nos están re-cagando. Pareciera que estas películas se centran en mostrar mujeres que finalmente superan las adversidades, en las que ellas protagonizan la historia y tienen en las manos su destino. Bullshit. Es bastante poco probable que nuestra realidad material se vea reflejada en aquella de la mujer del final, la triunfante que consigue el laburo que tanto quería después de una lucha incansable de 1h y media de película; o que finalmente el tipo le dio bola, se dio cuenta de que tenía un minón al lado, una genia, que valía la pena y había que dejarse de joder. Más bien nos indentificamos con la versión desmejorada de ésta, la del pijama, la que anda impresentable todo el día por la casa deseando que la parta un rayo. Sé que todo esto suena a un manifiesto feminista, pero nada que ver. Me encantan todas estas películas, me la paso escuchando estas canciones que fingen ser espontáneas. En fin, lo disfruto.
Y acá es donde entro yo, que me resisto a entrar en el corralito del target pero estoy escribiendo esto, precisamente, y de pura casualidad, en pijama. Voilá.
Tengo un amigo que se llama Juan Manuel. Lo conocí el año pasado, en la facultad. Menos de un año es un tiempo relativamente corto para conocer a una persona, lo sé, pero sin embargo nuestro vínculo surgió muy repentinamente hasta llegar a lo que es hoy: una gran amistad. Y es que en general suele pasar eso, las grandes hermandades comienzan de golpe, como si nada, sin que uno se lo plantee mucho, y se desarrollan tan vertiginosamente que nadie se da cuenta.
Juntos compartimos muchos momentos memorables.
Meriendas en la Plaza de los dos Congresos, juntadas a estudiar hasta la madrugada en mi casa, con la luz cortada y un calor abrasador en pleno noviembre. También ha sido un gran compañero en actividades solidarias: asistimos juntos al acto que se hizo en la estación de tren a un año de la tragedia de Once y fuimos a la Catedral Metropolitana para donar y ayudar a organizar todo lo que se enviaba para los inundados de La Plata. Un amigo que me ha bancado muchísimo en este último tiempo, una persona de un aguante incondicional, a la cual le estoy muy agradecida.
Me decidí a escribir sobre él porque ayer tuvimos un día distinto. El jueves a la noche, volví a mi casa y me encontré con un mensaje de mi amigo que me sugería ir a un evento que se hacía en homenaje a Julio Cortázar. Este tenía lugar en una biblioteca en ese barrio que tanto me gusta, el punto indefinido entre Almagro/Abasto/Villa Crespo. Con motivo del aniversario número 50 de Rayuela, los administradores de esta biblioteca barrial de la calle Lavalleja, organizaron una serie de actividades para conmemorar la primera edición de esta paradigmática obra. Ante todo, tengo que aclarar que no leí Rayuela. Es uno de mis grandes pecados como lectora y como ser humano (tampoco vi el Padrino II, ni la III). En fin.
Nos encontramos a las 7 de la tarde de ese día entre húmedo y frío de junio. Una etapa del año que particularmente detesto, porque este tipo de clima tiende a recluirme en mi casa, sin ganas de salir ni de ver a nadie. El lugar estaba atestado de personas, en su mayoría, viejos. Había una propuesta interesante, que consistía en llevar un libro del cual uno quisiera desprenderse, para tomar otro que haya llevado alguien con la misma intención, formando así, una interminable cadena de favores literaria. Se ve que llegamos medio tarde, o sobre la hora, porque ninguno de los que quedaba nos resultó interesante. Yo había llevado "Ficciones" de Borges, porque tengo dos ediciones iguales en casa, pero me parecía demasiado bueno como para dejarlo y llevarme una obra de teatro llamada "El debut de la piba". Quizás se trataba de una obra maestra, puede ser, pero de todas formas, no quise arriesgarme.
Como bien dije antes, la sala principal de esta biblioteca estaba repleta de gente. Nos chocábamos, nos empujábamos entre todos. No había comodidad para desplazarse. Las personas mayores que poblaban este recinto se encontraban particularmente fastidiosas, y nos miraban a nosotros, representantes de la juventud, con cierto recelo, imputándonos que nos habíamos colado en una fila inexistente. Finalmente, ingresamos a un auditorio que no estaba preparado para recibir a tanta gente, seríamos unas 300 personas aproximadamente, y todos los ancianos habían acaparado las sillas, como debe ser. Juan Manuel estaba entusiasmado porque en la entrada nos habían dado un número a cada uno para que participáramos en un sorteo. "78 A" era el mío. Los premios eran las obras completas de Julio, cinco ejemplares de Rayuela, y un desayuno en un café llamado "Bonjour Paris". Mi amigo me dijo al entrar: "es fija que me lo gano yo".
La primera parte del evento consistió en escuchar a un grupo de músicos de jazz que tocaban mientras un señor, un escritor y clarinetista principiante, leía capítulos especialmente escogidos de Rayuela. Quizás el hombre no brilló por ser un gran narrador, pero de todas formas fue un momento agradable. La música era amena aunque costaba disfrutarla en un entorno tan incómodo: poco espacio, todos parados y yo con un incipiente dolor de cintura. ¿Quién es la vieja ahora?
Luego del espectáculo musical, decidimos sentarnos en el piso y resignamos verle las caras a las escritoras que estaban en una suerte de panel de discusión sobre la obra de Cortázar en su conjunto. El salón se fue desagotando a medida que la conferencia empezó. En un momento, justo al lado nuestro, llegó una muy bella mujer, de unos 50 años, rubia de ojos claros, alta, de muy fino porte. De esas lindas, que conservan su elegancia en la adultez. Juan Manuel me dijo que se trataba de una escritora, que casualmente había sido invitada una vez a nuestra querida facultad, allá por el primer año de la carrera, cuando cursábamos la materia Taller de Expresión I, un taller de escritura. Por ese entonces, mi compañero y yo no nos conocíamos, y como supe cursar esa misma materia en otra cátedra, me perdí de esa charla.
La conversación entre las escritoras sobre el escenario tuvo sus altibajos. Una de ellas, quien posee el honor de haber conocido y tratado a Cortázar en persona, contó una anécdota sobre sus últimos meses de vida, en la cual el autor le reveló un sueño recurrente que se le presentaba. En el sueño, Julio alcanzaba el objetivo más deseado de toda su vida: había logrado poder expresar, en una última novela, todo aquello que siempre había querido decir. La particularidad de esta hazaña, residía en que cuando el editor le entregaba el libro a Cortázar, este estaba escrito con formas geométricas. Esta mujer, amiga del autor, desprendía de este hecho un análisis del sueño e interpretaba que su significado, era la frustración del artista ante la inefabilidad y ante esa dificultad que tiene toda obra de arte de trascender lo esencialmente terrenal para que se convierta en algo totalizador, que explique la existencia misma. Todo esto fue un disparador para una charla futura que tuvimos con Juan Manuel, en la cual yo le expresé mi desacuerdo con esta premisa. Para mí sí hay obras de arte que trascienden al hombre, que nos elevan a un nivel de sensibilidad en la percepción y nos tocan verdaderamente el alma.
Sin ir más lejos, he aquí la prueba:
Tras un fuerte aplauso del auditorio, el panel compuesto por estas mujeres llegó a su fin. Pero faltaba algo. El sorteo. En primer lugar, se subastó el desayuno gratuito, que no escuchamos quién fue el ganador (el cansancio físico de estar allí perturbaba nuestra atención a esta altura). Ya de pie, de brazos cruzados, cargando con mi piloto de lluvia, miré a Juan quien no sacaba los ojos de su numerito de talonario. La mano de una de las mujeres en el escenario hurgó en la bolsa de plástico que contenía todos los papelitos y sacó uno. "77 A". Como no podía ser de otra manera, este era el número de mi amigo. Se había ganado una bellísima edición de Rayuela de la editorial Alfaguara. La sorpresa fue total, por más que él en todo momento sostuvo que este sería su día de suerte y que había ido para ganárselo. En este trajín de emociones, de premoniciones corrobordas, Juan Manuel subió al escenario y recibió su premio. Le tomaron una foto y mostró el nuevo tesoro adquirido ante todo el auditorio. Nosotros aplaudimos, y el ritmo del sorteo siguió su curso hasta que se entregaron todos los libros que quedaban por regalar.
La escritora que todo este tiempo siguió a nuestro lado, Inés Garland, felicitó a Juan y le dijo: "viste, vos que estabas tan seguro de que ibas a ganar!". Ante este comentario mi amigo tuvo un lindo gesto con la mujer, le contó que la recordaba de aquella charla que dio en la Facultas de Sociales de la UBA, y le pidió si le podía autografiar su nuevo y reluciente ejemplar de Rayuela. Con un poco de reticencia, ya que no se creía legitimada para escribir su firma en una obra de Cortázar, la mujer aceptó, y dejó una dedicatoria bellísima en el libro de mi amigo. Ella estaba acompañada de un señor mayor que nos despidió a ambos con mucha amabilidad y le dijo a Juan: ¡Auguri! Nos causó gracia y ternura a la vez.
Abandonamos la biblioteca barrial absortos por lo que había sucedido. Maravillados de que se haya producido la coincidencia, de esas que ocurren con poca asiduidad. Hubiera sido una mayor casualidad todavía, que la obra de Cortázar que Juan se ganó, hubiese sido, precisamente, "Libro de Manuel", pero no. Era Rayuela. Y yo creo que ahora, la historia que se trazó entre esta novela y mi amigo, es totalmente distinta. Esta estuvo signada desde el comienzo por una certeza y por un destino de que tenía que ser así, que él tenía que ganársela. Son estas pequeñas cosas, estos pequeños guiños, esos encuentros en carne propia con el arte, los más reveladores, los que nos tocan el alma nuevamente, y le dan sentido a la vida.
Nunca comprendí por qué a los seres humanos nos
gusta ir a los lugares en donde hay mucha gente. Suele suponerse que si hay una
significativa cantidad de personas en un determinado sitio es porque éste es exitoso
y vale la pena entrar a ver en qué reside ese éxito. Pongamos por caso, si
pasamos ante un restaurant cuyo ventanal principal nos indica que no hay
presencia alguna de comensales, difícilmente consideremos ingresar. Lo mismo
pasa con las discotecas, los bares, los conciertos, etc. Sinceramente, no lo
comprendo. No hay nada más odioso que tener que maniobrar nuestros cuerpos en
lugares atestados de individuos, en donde esquivar es la ley primera y se debe
estar atento ante la presencia de algún posible descuidista. Así y todo, más
tarde o más temprano, indefectiblemente terminamos asistiendo a estos eventos
en los cuales la irascibilidad está a la orden del día y el replanteo de
nuestra presencia allí se vuelve un tormento tras cada carterazo, empujón o
pisotón. Mi evento por excelencia, es decir, el que reúne todas estas
indeseables sensaciones, es la Feria del Libro. Pero este año tuve un motivo
para ir y éste no era menos que la presencia en nuestro país de una de mis
escritoras preferidas: la española Rosa Montero.
Rosa venía a presentar su último libro, “La
ridícula idea de no volver a verte”, luego de una extensa gira por todo
Europa. La autora dio un incansable rodeo por diversos medios de comunicación antes
de su presentación en la Feria, y mis ansias por asistir a la conferencia que
planeaba dar, eran verdaderamente intensas.
La escritora emprende, en esta última obra, una suerte de homenaje hacia la
física y química polaca Marie Curie, a quien honra con este libro inspirado en
un diario íntimo que Curie escribió tras la muerte de su marido Pierre. Trazando
un lazo paralelo con su propia historia personal de un calibre emocional
estremecedor, ya que ambas tuvieron la pena de perder a sus amados esposos, Montero
destaca en cada párrafo la inteligencia y tesón de Curie, trayéndonos a sus lectores datos
sobre su vida que desconocíamos y que nos hacen valorarla y ponderarla como una
de las más grandes mujeres de nuestra historia contemporánea. “La ridícula idea de no volver a verte”
no suscribe a ningún tipo de normativa genérica. No es novela, no es ensayo, ni
es rigurosamente un texto de investigación. Y este es precisamente el tipo de
producciones que más placer me ha generado como lectora. Una escritura
reflexiva y meticulosamente presentada, con expresiones que lo remiten a uno a
lo más profundo del pensamiento. Quien lee a Rosa Montero indefectiblemente cae
en la tentación de repensarse a sí mismo (quizás esto se deba a que la autora
estudió cuatro años de psicología), y supongo que se produce más en mujeres que
en hombres, una profundo ejercicio de identificación que en reiteradas
ocasiones me ha llevado a las lágrimas.
Por todo esto y más, fue menester llegar a un horario prudente al predio de la
Sociedad Rural Argentina en donde se desarrolla cada año, desde que tengo
memoria, la Feria del Libro de Buenos Aires. Tratándose de una conferencia en
un recinto de cupo limitado, llegué una hora antes, y, satisfecha por mi
inusual puntualidad, formé en la fila que
ya se había generado puertas afuera del auditorio. Allí mismo me puse a
conversar con dos simpáticas señoras, correntinas ellas, que venían a la Feria
a comprar libros para abastecer la biblioteca para la que trabajan en la ciudad
de Mercedes. “Para nosotras que amamos la lectura, esto es como estar en el
paraíso”, me decía la mujer. Compartíamos la emoción de presenciar la charla de
nuestra escritora fetiche y a su vez, el cariño por los libros.
La conferencia habrá durado más o menos una hora. Estuvo coordinada por una
periodista amiga de Rosa quien guiaba con preguntas el caudaloso arsenal de
reflexiones que la escritora tenía para aportarnos, no sólo respecto de su
libro, sino sobre la vida en general. Encontré caras conocidas entre la
concurrencia: el diputado Gil Lavedra, y los escritores Guillermo Martínez y
Claudia Piñeiro.
Por fortuna, la tarde no concluyó con la charla ya que luego de ella, la
escritora iba a firmar libros en el stand del Grupo Planeta y entonces tendría
la oportunidad de decirle cuánto la admiraba y lo bien que me han hecho sus
palabras. Cuando bajamos al pabellón, ya había una larguísima cola aguardando
la llegada de Rosa para que ella se inmortalizara en esos ejemplares con una
dedicatoria simpática y locuaz. Esperé un largo rato y allí fue donde vivencié
la irascibilidad ya mencionada. En realidad, había dos filas: una para la firma
de libros y otra para la compra de los mismos. Esto generaba un doble pasillo
de gente en el cual mediaba un corredor por el cual se dignaban a pasar todos
los otros visitantes de la Feria cuya curiosidad se despertaba al ver semejante
amontonamiento. Todos procedían de la misma manera: se detenían torpemente en
el medio de ambas filas y preguntaban: “¿Qué es esto?”. “Rosa Montero firma sus
libros en este stand”, solía contestar alguno. “Ah, gracias”, respondían y se
iban chocándose cuanta persona pudieran.
Finalmente llegó mi turno. La tenía ahí, frente a mí. El corazón me latía
fuerte y tenía mucho para decir pero no logré esbozar palabra alguna, más que
mi nombre para que lo indicara en el autógrafo de la primera página. Mi timidez
me jugó una mala pasada, porque no pude decirle lo mucho que me habían ayudado
sus novelas y sus escritos en general, lo maravilloso que había sido leer con
una precisión escalofriante la descripción de sensaciones idénticas que llegué
a tener ante determinados temas. No pude decirle nada. Con una simpatía
adorable, mi querida Rosa trazó velozmente: “Para Josefina, que es el futuro,
este libro sobre la serenidad”.
Probablemente ella eligió esa dedicatoria al azar, pero no se imagina siquiera
lo oportuna que fue para mí que recurriera a mencionar esa palabra. “Serenidad”.
Así fue entonces, que me saqué una foto con ella, la despedí y abandoné la
Feria del Libro con una emoción que no me cabía en el pecho, colmada de una
gran felicidad. La alegría fue tal, que ni siquiera me importó la marea de
gente con la que tuve que lidiar a la salida, ésa tan molesta e incesante de la
que hablé en el primer párrafo. Estaba dispuesta a chocarme con quien sea.
Situaciones como estas, dejan en evidencia cuán limitados son nuestros (pre)juicios
sobre lo que puede llegar a pasar. A veces (o casi siempre) la realidad nos
enseña que tiene algo mucho más interesante reservado para cada uno de
nosotros.