jueves, 13 de junio de 2013

Los trenes se mueren por descarrilar

Estación Bolívar de la línea E. Estoy en el subte. Me dirijo hacia la facultad y me pongo a escribir en esta hoja de cuaderno que luego pasaré en limpio, corregiré y digitalizaré para transformar estas palabras en una nueva entrada de blog. Me nace escribir en este momento, después de haber salido de casa habiéndome enterado de que nuevamente chocó un tren de la línea Sarmiento y murieron tres personas, más decenas de heridos.

Cuando me paré de la cama para ver la temperatura, prendí la tele y entre sueños me sobresaltó la noticia. "¡NO!", grité. No lo puedo creer. Me indigna, me hace mal. No entiendo.
Por eso decido escribir en este lugar,el subte, que es un escenario similar (pero no igual) al de aquellas personas que esta mañana se vieron atrapadas entre el susto del choque y los fierros violentos de los vagones. Pero mi situación es totalmente distinta, yo nunca necesito tomarme el tren.

Tengo la suerte de vivir en un barrio céntrico que me proporciona muchas alternativas para transportarme a realizar mis actividades cotidianas. Si no quiero ir en un subte atestado de gente, camino 5 cuadras y me tomo un colectivo. Si ese colectivo que no es muy frecuente tarda, camino 4 más y tengo otros dos que me arriman al barrio de Constitución en donde está mi facultad. Y si no, también tengo otro subte que viene mucho menos cargado de personas y en el cual, digamos, se puede viajar bien en hora pico. Entonces, ante mi holgada situación, pienso: qué suerte tengo que no lidio con la muerte todas las mañanas. O quizás sí me enfrento a ella como cualquier mortal, porque uno nunca sabe cuándo le llegará su momento, pero digamos que me encuentro en un sector privilegiado y menos expuesta a los peligros, a diferencia de aquellos que tienen una sola opción para llegar a sus respectivos trabajos/escuelas/universidades.

De todas maneras, ¿qué me importa si no me pasa a mí o a los míos, si esto me toca de lejos? ¿Qué sentido tiene la vida si nos afecta tan poco que pasen estas cosas todos los días, que nos acostumbremos, que naturalicemos hasta las más tremendas aberraciones?

Ante la frustración y la impotencia que generan estos acontecimientos, suele decirse que a nadie le importa que vuelvan a repetirse estas tragedias causadas por la desidia del Estado. Yo no creo que a nadie le importe. Considero que son (somos) muchos los que deseamos que se pueda de una vez por todas aprender de las malas experiencias, de que lo malo nos haga crecer y valorar la vida, nos permita poder prever un poco más las cosas, cuidarnos y vivir mejor. A varios les quema por dentro esta imperiosa necesidad de que las miles de vidas que se pierden, no sean en vano. Definitivamente, son muchas personas a las cuales les importa que estos sucesos no se repitan. Pero son pobres. Pobres de poder y de recursos. Y en cambio a quienes tienen en sus manos la posibilidad de hacer algo para cambiar significativamente, a ésos, estoy convencida de que nos les importa. No les importa nada. No les importa que después de la masacre del 22 de febrero de 2012, después de que 51 personas perdieron la vida por una sucesión de larga data de actos de negligencia y corrupción, después de todo ese dolor innecesario e injustificado, después de eso, no pasó nada. Y no estoy siendo cínica. El hecho de que no se volviera a repetir no ha sido, evidentemente, una prioridad en lo absoluto.

Que hoy haya chocado nuevamente una formación del Ferrocarril Sarmiento después de 16 meses de una de las tragedias más nefastas de los últimos tiempos, comprueba lo dicho:  quienes realmente se interesan porque esto no vuelva ocurrir, no pueden hacer nada. En cambio, los que tienen la capacidad de transformar la realidad para mejor, no creyeron urgente garantizar un buen servicio de transporte público (trabajo que, por otra parte, no se realiza de la noche a la mañana, lleva una labor de años y muchísima inversión económica).

Es así como se espera que el efecto pase, que la gente se olvide y de a poco nos vamos acostumbrando a que las desgracias evitables sigan sucediendo, se repitan, y esto, lejos de contribuir a una toma de conciencia perdurable en el tiempo, abona a un conformismo sedentario, facilista y mediocre que nos atrofia los sentidos. Un escenario en el que los hechos que le pasan a otros seres humanos nos pasan por al lado pero no nos atraviesan.

Yo no quiero acostumbrarme nunca a que esto se repita año tras año. No quiero aceptar que el transporte público sea una verdadera máquina de muerte. No tiene por qué ser así, es algo que necesariamente debe cambiar y no tiene justificación alguna. Me rehúso a aceptar que el respeto por la vida no sea el primer ítem en la agenda de nuestros políticos, con que pase una vez nos basta y nos sobra para asustarnos lo suficiente y trabajar duro todos los días para que realmente no vuelva a ocurrir. No quiero que lo naturalicemos, que nos de lo mismo. No tiene que ser así, esto tiene que cambiar.

miércoles, 24 de abril de 2013

Por qué no me banco los halagos


Siendo las 5 de la tarde con 17 minutos de un miércoles, aquí me encuentro yo, frente a la computadora con un termo de agua caliente ya por la mitad y un parcial domiciliario de Semiótica II por encarar. Eso de "encarar" es bien discutible ya que, como bien ven todos, estoy dispuesta a emprender otro de los textos que caracterizan a este blog. Esos, que son bien autorreferenciales, que hablan de mí y nada más que de mí. Publicaciones que dejarían entrever un ego importante. Pero como bien blanqueé en mi primera entrada, hace ya un par de años, el acto de escribir a mí me sana y supongo que cuando surge el impulso de hacerlo, no queda otra que seguirlo.

La mayoría de las cosas que escribo acá se me ocurren con cierta anticipación al día que las publico. Pero dado que también soy muy vaga me la paso postergándolo, y así, quizás, es que llega el momento en el que me encuentro frente al teclado con una idea muy pasada ya de su punto de cocción. Son razonamientos, cavilaciones muy saturadas que aparecen reiteradas veces en mi mente y de pronto no soportan más estar en mi cabeza y necesitan salir disparadas hacia el papel (o en este caso, la pantalla). Reitero que suelen ser totalmente centradas en mí misma, en cosas que reflexiono respecto de lo que yo pienso, pero que a su vez pueden servir a otros que lo lean y sientan cierta identificación. De lograr eso, me doy por satisfecha.
Toda esta información que acabo de exponer no esconde evidencia alguna del carácter obsesivo del proceso de escritura que, por lo menos en mi caso, desarrollo. Pero es así. Hola, soy obsesiva, mucho gusto.


El periodismo tiene un gran enemigo que es la subjetividad. Siempre la condena, la combate, le dice "no sos profesional". Como estudiante de Comunicación Social (que no es precisamente periodismo), estaría teniendo un problema con esta premisa. Quizás sea una falta grave de mi parte, pero no puedo producir absolutamente nada sin que aquello que haga se vea atravesado por mi visión de los hechos, mi experiencia. Me cuesta encontrar la objetividad en las cosas y, sinceramente, tampoco busco hallarla porque sé que es imposible. Suena a que ostento un conformismo superlativo, pero la realidad es que todo lo que exponemos, incluso aquellas cosas que defendemos con exacerbada vehemencia, no dejan de ser más que nuestro punto de vista. Una mirada más. Así es entonces que me quedo cómoda en mi subjetivismo excesivo, porque me divierte, y permite que me abra (?) a quienes me lean, y hasta quizás los divierta un poco con mi neurosis.

Quizás vaya demasiado lejos al confesarles por qué no me banco los halagos. Pero es algo sobre lo que realmente llegué a una conclusión y, siento, debo compartirlo. Nadie puede negar que los halagos son maravillosos, que contribuyen al fortalecimiento del autoestima, que nos hacen bien. A mí me hacen bien a tal punto que ya no me los soporto. Y mi mayor temor, es creérmelos. Esta relación histérica que tengo con las adulaciones a veces me vuelve loca porque, por un lado, los necesito, para no quedarme solamente con la voz de mi interior que me boicotea todo proyecto, que me dice que está todo mal, pero por otro, los rechazo porque justamente esta voz interior se encuentra en las antípodas de todo comentario, gesto o expresión valorativa (en un sentido positivo, claro está) sobre mi persona. Y el riesgo de creerse los halagos reside en la certeza de que algún día, más tarde, más temprano, algo hará que ese pedestal en el que nos pusieron se desmorone sin causa justa y volvamos a vernos como la más insignificante hormiguita.

Y supongo que lo que subyace a todo esto es el miedo, siempre el miedo, de que los otros nos perciban tal como nos vemos a nosotros mismos. Rebuscado, retorcido, pero me pongo a pensar, y me aterra que exista una persona en la tierra que sea capaz de verme como yo me veo. ¿Será posible eso? ¿Existirá ese tipo de transferencia? Yo creo que ni en el psicoanálisis se logra, ya que el terapeuta siempre trata de balancear tus pros y tus contras, de decirte que estás sufriendo de más, que se puede estar mejor. Siempre relaciono esto con la noción de habitus (pido perdón a Bourdieu, por citarlo tan a la ligera, tan chotamente) esos esquemas estructurales y estructurantes 
a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él. Llego a la conclusión que estos esquemas son intransferibles, y propios de cada agente (por suerte). La prueba clara de que esto es así es sencillamente esta publicación en mi blog, en la cual no hago más que relevar una visión sobre el mundo (o mi mundo, mejor dicho) que jamás logrará ilustrarle a quienes la lean, la verdadera forma, la esencia de la percepción. Frustrante pero a la vez, un alivio, saber que la esencia de las cosas no es cognoscible, por lo menos, en la vida terrenal.  

miércoles, 27 de marzo de 2013

El ritmo


http://www.youtube.com/watch?v=reNS4wFLZkY

En el mundo cinematográfico, y más detalladamente, en el montaje, el ritmo es clave. La forma y velocidad con la cual aparezcan y se retiren las imágenes, se fundan y produzcan (o no) una sensación de continuidad, será precisamente lo que determinará la atención del espectador. Lo que posibilitará el futuro encantamiento, ese instante de magia y abstracción que solamente se da cuando nos enamoramos profundamente de una película.
Todo lo que hacemos está regido por una suerte de velocidad. Ese compás que seguimos no es lineal ni siempre posee la misma intensidad; por el contrario, fluctúa constantemente y puede que lo vayamos notando cada vez menos (o más, dependiendo de nuestra conciencia como seres humanos).


He notado que el ritmo es un factor de suma importancia en nuestras vidas porque actúa como una especie de propulsor. Lo que nos motiva. Quien no tenga aspiraciones, y posea una vida que carezca completamente de sentido porque no encuentra nada que lo atraiga, obviamente tendrá un ritmo lento, desconcertado, errático, y hasta irritante y molesto para aquellos que viven apurados y se crucen con éstos que viven cómodamente en su letargo. Distinto de aquellos cuya excitación no les permite parar la pelota un segundo, mirar alrededor y ver cómo están parados. 


En las relaciones de pareja, es más clara aún su importancia; para que verdaderamente se concrete ese amor profundo, deseado, es necesario que ambos ritmos confluyan en uno mismo. Esto es, ciertamente, causa de mis desvelos: ¿por qué no se puede querer igual, de la misma forma, con la misma fuerza, las mismas ganas y al mismo tiempo entre dos personas? Porque van a ritmos distintos. Nuestros propios compases van en diferido y por culpa de este insignificante detalle puede que salgamos con un corazón roto. El ritmo del amor es uno sólo cuando se sintoniza y me pregunto sin llegar jamás a una respuesta satisfactoria: ¿de qué depende ese ritmo? ¿De qué dependen su constancia, su alteración o su cambio radical? 

domingo, 24 de marzo de 2013


Ayer fui a la ESMA por primera vez. Es curioso, porque durante todos estos años, pasé miles de veces pero jamás entré. La reja principal estaba cerrada. La que da al edificio central, ese, cuya fachada por demás conocemos. Por eso es que caminé unos metros más a la derecha y di con una recepción digna de un parque nacional.
“Escuela Mecánica de la Armada”. Reconozco que mucho antes de siquiera tener una aproximada idea de lo que había sido el golpe de estado de 1976 en la Argentina, ese lugar siempre me dio escalofríos. Supongo que es lo que le sucede a todos al pasar por ahí. Realizar un ejercicio de empatía inmediato y pensar en lo terrible que pudo haber sido estar detenido, privado de libertad, siendo sometido a torturas   y demás aberraciones. Un lugar en el que sabemos que pasaron cosas feas.  Siendo del partido político que seas, opines lo que opines, el lugar está profundamente cargado de sentido, un sentido del cual resulta imposible desligarse cuando estás ahí. Sin ser, desafortunadamente, el único centro clandestino de detención que existió, creo que este en particular, quizás por su extensión territorial, por su tamaño, impone cierto respeto. Ese tipo de respeto que se le tiene a lo que se le teme.
Esta era una tarde de sábado, en la cual no se filtraba mucho el ruido de los autos sobre la Av. Del Libertador. Caminé esas callecitas internas del predio como a la espera de algo. No puedo definir bien qué. Quizás pretendía que los árboles, la quietud, me revelaran algún misterio, algún secreto que me ayudara a comprender y organizar mis ideas. O quizás era sólo mi ansiedad. Se respiraba una aparente calma pero, a la vez, aquel silencio cargaba consigo algo perturbador, molesto; algo que no hace falta decir y que es compartido por todos.
Quería conocer este lugar, ver las exposiciones que daban en el “Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti”. Esa misma tarde se inauguraban unas cuantas muestras, pero las más importantes eran la de León Ferrari y Lucila Quieto. Me paseé por los recintos de este pulcro edificio blanco, moderno y adecuado a los cánones que respetan las exposiciones de arte: una decoración minimalista, salas extensas colmadas de gente que habla sosteniendo una copa, fotógrafos intentando capturar momentos de frescura y espontaneidad, amigos que se reencuentran, y por supuesto, las aclamadas obras, que escrutan la escena colgadas desde sus incómodos ganchos en las paredes. Parecía un ambiente sacado de contexto. Entrar ahí ya no era lo mismo que estar afuera, definitivamente. Por momentos uno lograba olvidar dónde se encontraba.
Yo seguía a la espera de ese algo, y por lo tanto, abandoné el espacio cultural para proseguir en mi exploración. No sé si finalmente encontré eso que buscaba, pero sí que fue una tarde distinta. Seguí caminando y me topé con otro edificio, esta vez mucho menos cuidado en su estética. Con la pintura blanca descascarada, los pastos crecidos a su alrededor. Aquí ya se vivía otro clima, era otro el rango etario el que lo poblaba. Resultaba ser un plenario de estudiantes de secundario de todo el país, chicos militantes de La Cámpora. Entré. No sé por qué lo hice. Por curiosidad, tal vez. Nunca había presenciado un evento de estos. Y fue el extrañamiento por definición. Pocas veces me sentí tan intrusa y a la vez tan sola. Debía ser la única de todos esos pibes jóvenes que no estaba ahí más que por el mero azar. No había casi nada de luz y el humo del cigarrillo se apoderaba del ambiente. Remeras políticas por todas partes. Negras o blancas cuyas inscripciones rezaban el lugar de procedencia de los jóvenes. En algunos casos decía “La cámpora”, en otros “Unidos y organizados”. Predominaban las banderas con la insignia característica de la agrupación y la atención se centraba en un escenario improvisado sobre el cual se erigía una bandera con la cara en tamaño gigante de Néstor Kirchner. Los chicos estaban organizándose para proyectar un video sobre una tela blanca y me quedé a ver cómo se desenvolvía el acto. Miré para arriba, hacia ambos costados había balcones, y me figuré las clásicas escenas de terror que hemos visto en películas como “La noche de los lápices” o “Garage Olimpo”. Me subía un frío por el cuello. Volví mi atención hacia los chicos. Escuché sus aplausos, sus gritos eufóricos y apasionados cuando Néstor o Cristina proyectados en la imagen decían algo que los conmovía.  Agitaban sus brazos con los dedos haciendo la “V” peronista. Todos a la vez, en un acto de hermandad, de unanimidad, de compartir un mismo código. Al rato me fui de allí también, comprendiendo que lo que había visto era una de las distintas formas de recordar el aniversario del golpe: militando, según ellos, por una patria de todos y para todos.
Mi manera de recordar, de hacer memoria, no consistió ni en la contemplación de las provocativas obras de Ferrari, ni tampoco en el ejercicio de una militancia partidaria porque no comulgo con eso. El grueso de la experiencia estuvo en esos momentos de caminata por las calles internas, tan solitarias, de la Ex ESMA. En el silencio, ese acuerdo tácito que todos comparten como la manera de hacer un homenaje. Y finalmente comprendí que la inquietud que allí se percibe, la intensidad de ese paisaje, pone en evidencia una sola cosa: el temor que nos genera entender que existe la maldad humana. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

Recuerdos

San Vincente, Diciembre, 1996.

Recuerdo perfectamente ese día. El de la foto. Recuerdo a la familia en masa caminando por el campo del Abuelo en San Vicente. Recuerdo que la idea era que el futuro nuevo miembro de la familia, mi tío yankee, Adam, conociera en profundidad nuestro gran tesoro familiar.  Recuerdo que por ese entonces era habitual ir para allá todos los 25 de diciembre para festejar la navidad al aire libre, recibiendo los regalos que siempre solían ser unos peluches increíbles comprados en Estados Unidos, los personajes de los 101 Dálmatas que a mi prima Flor y a mí nos encantaban. Recuerdo que el mediodía comenzaba con un gran almuerzo en una mesa larga. Había pollo, ravioles, pan Fargo (blanco), Coca-Cola, y Ades de manzana. Las comidas en lo de mis abuelos siempre se caracterizaron por esa inconcebible mezcla de sabores que reunía en un plato una milanesa y una ración de pastas bien abundante. Siempre fue así, y por eso es que hoy no me resulta extraño que siga pasando. Sigo recordando. Después de comer salíamos a jugar. Con los perritos, o con algún chiche nuevo que hubieran comprado los tíos afuera. Recuerdo el guante amarillo y rojo de "Friskies", una marca de comida para gatos, con el que le rascábamos el lomo a Chimi, el perro más genio que conocí en mi vida. No era un perro cualquiera, tenía ojos de humano. Te miraba y realmente te hablaba el muy hijo de puta. Nunca quise tanto a un animal como a Chimi. Por eso fue que cuando murió, llevé un duelo incesante en el cual no se lo podía ni nombrar. Y sí por azar, a alguien se le escapaba, me mordía fuerte los labios, abandonaba la habitación y me largaba a llorar. Con el tiempo lo superé. Como todo en la vida se supera. Vuelvo al 96. Al día de la foto a caballito de mamá. Es una foto hermosa, porque ella salió divina. Feliz y jovial. Fresca. Fuerte. Cargándome en sus espaldas. Recuerdo que me encontraba particularmente chinchuda en ese momento, porque, si observan con atención, no llevaba el calzado adecuado. Tenía los piecitos todos pinchados por los abrojos y pastitos secos que se me metían entre las tiritas de los zapatos marca Toot. Recuerdo que lloré. Porque estaba cansada de caminar. Me dolían las piernas. Quería que volviéramos a la casa, a dibujar con mi tía Olguita, con mi mamá, con Flor, mientras los hombres jugaban al fútbol, que igual siempre terminábamos acoplándonos a ellos para concluir la tarde en un partido mixto. Y veo la foto y de pronto vienen todos esos recuerdos, como una oleada irrefrenable, desorganizada, repleta de detalles y de baches, lagunas, ausencias y algunas pequeñas alteraciones. Recuerdos míos, de esa nena con flequillo rolinga y calcitas ajustadas cuadrillé blanco y negro. Esa calza siempre me hacía pensar en el logo de Cartoon Network. Me ajustaba mucho y me marcaba los rollitos, porque cuando era chica, supe ser gordita. No duró mucho, igual. ya en primer grado pegué ese estirón que me llevó a medir este metro, 77 cm, que soy hoy.
Los recuerdos son importantes. A la larga, es lo único que nos queda. Lo malo es cuando son idealizados y cualquier comparación con el presente resulta angustiosa y nostálgica. Habría que encontrar el equilibrio, el sano equilibrio. La habilidad de poder viajar hacia ellos, desmenuzarlos y volver a vivir, pero sin que eso nos cueste un dolor profundo.  Estoy laburando en eso. No es fácil, pero por lo menos, trato.

lunes, 18 de marzo de 2013

Llorar en el colectivo.

      (Jamás me tomo el 152. Pero el dibujito me pareció simpático)
No debo ser la única a la que le pasa. Llorar es algo natural y manejarse en el transporte público, también. Me imagino que varios de ustedes se han visto inmersos en esta por demás incómoda situación, que es la de lagrimear en pleno bondi. Me sucedió hoy. Una de las tantas veces. Generalmente no me importa mucho si me ven, eso sí, un poco intento disimularlo, pero es una situación en la que me encuentro a menudo y hasta podría afirmar que, en el momento que tengo que emprender el camino de vuelta a casa, es cuando más propensa me encuentro a disponerme a llorar.
Hoy particularmente no lloraba por nada que merezca la pena contar. La diferencia de hoy a los otros días es que se me dio por reflexionar acerca de esta dramática secuencia, en la que un promedio de 20 seres humanos que se encuentran encerrados en un mismo recinto (los cuales juegan cuidadosamente sus roles, preservando fachadas o exacerbándolas), presencia la ruptura de la calma y la ecuanimidad de otro ser vivo.
Admito que llorar es algo que me sale fácil. Calculo que por ser mujer, no se me condena tanto socialmente por hacerlo y por eso me doy tantas libertades y lo hago públicamente. Es que hay veces que no lo puedo evitar, y me empiezan a brotar lágrimas a granel como si fuera la más desdichada de toda la humanidad. Igual, yo no creo que el llanto sea proporcional al sufrimiento. A veces lloramos de puro gusto y es necesario. Cierta culpa nos da, supongo, derrochar energía en esta actividad que siempre se asocia a algo realmente malo que la está sucediendo a una persona.
Lloramos por angustia, pero para mí el motivo más recurrente en el llanto es el vacío. El vacío que deja la ausencia de algo, el vacío de no sentirnos plenos con nosotros mismos, el vacío que genera el miedo. Y es difícil ocultar todo eso durante la cotidianidad, por eso no me parece tan extraño ver gente llorando en el transporte público. Me corrijo: es algo completamente común que no debería resultarnos llamativo pero de todas formas nos impacta, nos shockea. Una vez me pasó de estar viajando en el subte y ver a una chica llorando realmente desconsolada. Sola. Miraba a la luz y los ojos se le convertían en vidrio. Respiraba, espasmódicamente, bajaba la cabeza, y seguía. Efectivamente, me transmitió su tristeza. Me sentí culpable de no poder ayudarla, porque la barrera que su llanto levantaba entre ella y nosotros, los demás pasajeros, era tan fuerte que ninguno se atrevía a decirle: -“Eu, ¿querés una carilina?”. Nada. Nadie se animaba, todos se hacían los boludos y miraban para otro lado. En ese momento me angustié, me dio mucha pena la chica. Pero ahora comprendo que no es para tanto, que quizás ella lo necesitaba y ese rato, ese viaje en subte en los vagones de la línea A, fue su momento de catarsis, lo que tanto esperó durante el día y finalmente llegó, su descargo, su paz.
No hay nada peor que querer llorar y no poder. Me pasó una vez. También en el subte. Venía de recibir una noticia que me había dejado bastante por el suelo, pero todavía me quedaba un viajecito de unos 30, 40 minutos. La piloteé mientras caminaba por la calle pero lo que más deseaba en el mundo era llegar a casa y que estuviera mi mamá para abrazarme y consolarme en mi dolor. Resulta que en el subte no me daba la cara para ponerme a armar una escena y me contuve unas cuantas estaciones. Creo que ni me puse los auriculares porque realmente cualquier canción hubiese sido devastadora (hasta la más simpática cumbia). Llegó un momento en el cual me desprendí de todo tapujo y dije: “Ya fue, ¿quién me va a estar mirando?”. Cuando estaba totalmente convencida de ponerme a moquear como Dios manda, levanto la mirada y un compañero de la primaria me saluda con su mejor exultante y complaciente sonrisa. –“¡¡Jose!! ¿Cómo andas tanto tiempo?, ¡qué alegría verte!” Lisa y llanamente me quise pegar un tiro. Digamos que no duró mucho la conversación, habrán sido 2 estaciones, media, a lo sumo. Recuerdo que mi viejo amigo me preguntó: “Tus cosas, ¿bien?”. Justamente, mis cosas eran las que andaban para la mierda y no tenía ni ganas de siquiera fingir que estaba contenta. Pero lo hice, y supongo que el muchacho nunca se enteró. 

martes, 12 de junio de 2012

¿Es usted feliz?

                         
Tengo un problema. En realidad tengo unos   cuantos, pero hoy puntualmente decidí pensar en uno particular: cada vez que me siento a escribir o me surgen las ganas de actualizar este inerte pedazo de blog, me arrepiento porque me invade la sensación de que todo lo que vaya a producir ya fue pensado por otros y que voy a caer es un sinfín de clichés. Al carajo con ese problema, con ese prejuicio. Hoy me pintó escribir sobre la felicidad.
Pero, en verdad, no sé muy bien qué decir. Supongo que sería bueno empezar por nombrar aquellas cosas que me hacen feliz a mí, pero no creo que esto les importe mucho a mis posibles lectores. Así que no voy a abordar el tema por ese lado.
Pienso que si me cruzara por la calle con Marceline Loridan Ivens, la simpática encuestadora que intercepta transeúntes, preguntándoles sin son felices, en el documental "Chronique d'un été", probablemente le respondería que sí, que soy feliz. Es cierto que sería una primera respuesta irreflexiva, condicionada por el factor de la sorpresa y vergüenza ante la cámara y el micrófono. Pero calculo que a la vez sería una respuesta sincera, con sus matices, pero sincera al fin. Porque me considero una persona feliz, a pesar de que abunden los momentos en los que piense que existir dentro de este cuerpo, y con esta mente repleta de ideas destructivas, haya sido una maldición. Mi maldición. Siempre tuve una fantasía estúpida y esta consistía en que realmente sería feliz el día que fuese otra. ¡Qué insesatez! Si fuese otra, lógicamente, no sería yo, por lo tanto cualquier tipo de razonamiento de cómo podría llegar a ser ésta hipotética "yo", pero que en verdad sería una otra desconocida que jamás va a exisitr, es totalmente infértil y resulta una pérdida de tiempo. Pero bueno, son pavadas que uno piensa.
Volviendo al tema de ser feliz. Suele confundirse felicidad con fortuna (y me refiero a "fortuna" en su acepción referida a la suerte, y no al dinero). Es común escuchar decir: "No puedo quejarme, soy muy afortunado/a, tengo todo lo que necesito para ser feliz". Allí quizás se está vinculando un poco con el dinero, puede ser, el hecho de tener, poseer, ya lo decía Freud, nos hace sentir poderosos, y muchas veces, felices. Pero cuando uno generalmente dice "soy una persona afortunada", está aludiendo a que por alguna razón que nos excede por completo, las cosas nos han salido bien; que no hemos vivenciado ninguna desgracia últimamente, que comemos todos los días, que tenemos calefacción en invierno, que gozamos de la posibilidad de desarrollarnos intelectualmente cuando otros tienen que preocuparse por subsistir en un mundo tan desigual (muy desigual). Entonces, ¿cómo es la cosa? ¿Podemos ser felices sabiendo que hay otros que no lo son? Sí. Totalmente.
Quizás esa felicidad se ve interrumpida unos momentos por sentimientos de culpa y congoja al pensar en los menos afortunados; pero la realidad es que no va a alterar nuestro ideal de felicidad. Suena un tanto egoísta, pero, a mi criterio, es lo que sucede. Nadie sería capaz de decir que deja de ser feliz abruptamente (y para siempre) por enterarse de la desgracia ajena. Y no está mal que así sea. Siento que mi felicidad, como la de tantos otros, depende de cosas muy pequeñas, muy insignificantes relacionadas con la cotidianidad. Pavadas. Nimiedades. Idioteces. Pequeños parámetros que un día me hacen decir "hoy estoy re feliz" y otros me hacen pensar: "hoy estoy bajón".
De todo este divague, sólo tengo clara una cosa: y es que no puedo acotar el concepto de felicidad al mero estado de ánimo o al concepto de alegría. Dentro de la felicidad, supongo, que viven albergadas tanto la tristeza, como la melancolía y la muy maldita angustia. La clave, mejor dicho, MI clave, consistiría en aceptar esta premisa y comprender que la felicidad tiene mucho en común con el otro concepto cliché que es el amor. No, no me tragué un libro de Claudio María Domínguez, eh. Ni estoy indispuesta o particularmente sensible. Me parece que en el amor pasa algo parecido a lo que pasa con la felicidad, o al menos la representación que tenemos de ella. Amar implica, también, pasar momentos de mierda, experimentar la irascibilidad hasta niveles desconocidos, pelear las mismas batallas una y otra vez con la misma convicción sabiendo que es muy probable que nunca se ganen. Pero aún así, es amar, así se llama. Y ser feliz, en mi opinión, también es estar en una marea tumultuosa constante; se puede vivir una vida feliz a pesar de los golpes. Pero tambi én es válido que ser feliz sea, como lo era para esas jovencitas parisinas de los 60, simplemente "ser jóvenes y que haya sol".