Tengo un problema. En realidad tengo unos cuantos, pero hoy puntualmente decidí pensar
en uno particular: cada vez que me siento a escribir o me surgen las ganas de
actualizar este inerte pedazo de blog, me arrepiento porque me invade la
sensación de que todo lo que vaya a producir ya fue pensado por otros y que voy
a caer es un sinfín de clichés. Al carajo con ese problema, con ese prejuicio.
Hoy me pintó escribir sobre la felicidad.
Pero, en verdad, no sé muy bien qué decir. Supongo que sería bueno
empezar por nombrar aquellas cosas que me hacen feliz a mí, pero no creo que
esto les importe mucho a mis posibles lectores. Así que no voy a abordar el
tema por ese lado.
Pienso que si me cruzara por la calle con Marceline Loridan Ivens, la
simpática encuestadora que intercepta transeúntes, preguntándoles sin son
felices, en el documental "Chronique d'un été", probablemente le
respondería que sí, que soy feliz. Es cierto que sería una primera respuesta
irreflexiva, condicionada por el factor de la sorpresa y vergüenza ante la
cámara y el micrófono. Pero calculo que a la vez sería una respuesta sincera,
con sus matices, pero sincera al fin. Porque me considero una persona feliz, a
pesar de que abunden los momentos en los que piense que existir dentro de este
cuerpo, y con esta mente repleta de ideas destructivas, haya sido una
maldición. Mi maldición. Siempre tuve una fantasía estúpida y esta consistía en
que realmente sería feliz el día que fuese otra. ¡Qué insesatez! Si fuese otra,
lógicamente, no sería yo, por lo tanto cualquier tipo de razonamiento de cómo
podría llegar a ser ésta hipotética "yo", pero que en verdad sería
una otra desconocida que jamás va a exisitr, es totalmente infértil y resulta
una pérdida de tiempo. Pero bueno, son pavadas que uno piensa.
Volviendo al tema de ser feliz. Suele confundirse felicidad con
fortuna (y me refiero a "fortuna" en su acepción referida a la
suerte, y no al dinero). Es común escuchar decir: "No puedo quejarme, soy
muy afortunado/a, tengo todo lo que necesito para ser feliz". Allí quizás
se está vinculando un poco con el dinero, puede ser, el hecho de tener, poseer,
ya lo decía Freud, nos hace sentir poderosos, y muchas veces, felices. Pero
cuando uno generalmente dice "soy una persona afortunada", está
aludiendo a que por alguna razón que nos excede por completo, las cosas nos han
salido bien; que no hemos vivenciado ninguna desgracia últimamente, que comemos
todos los días, que tenemos calefacción en invierno, que gozamos de la
posibilidad de desarrollarnos intelectualmente cuando otros tienen que preocuparse
por subsistir en un mundo tan desigual (muy desigual). Entonces, ¿cómo es la
cosa? ¿Podemos ser felices sabiendo que hay otros que no lo son? Sí.
Totalmente.
Quizás esa felicidad se ve interrumpida unos momentos por sentimientos
de culpa y congoja al pensar en los menos afortunados; pero la realidad es que
no va a alterar nuestro ideal de felicidad. Suena un tanto egoísta, pero, a mi
criterio, es lo que sucede. Nadie sería capaz de decir que deja de ser feliz
abruptamente (y para siempre) por enterarse de la desgracia ajena. Y no está
mal que así sea. Siento que mi felicidad, como la de tantos otros, depende de
cosas muy pequeñas, muy insignificantes relacionadas con la cotidianidad.
Pavadas. Nimiedades. Idioteces. Pequeños parámetros que un día me hacen decir
"hoy estoy re feliz" y otros me hacen pensar: "hoy estoy
bajón".
De todo este divague, sólo tengo clara una cosa: y es que no puedo
acotar el concepto de felicidad al mero estado de ánimo o al concepto de
alegría. Dentro de la felicidad, supongo, que viven albergadas tanto la
tristeza, como la melancolía y la muy maldita angustia. La clave, mejor dicho,
MI clave, consistiría en aceptar esta premisa y comprender que la felicidad
tiene mucho en común con el otro concepto cliché que es el amor. No, no me
tragué un libro de Claudio María Domínguez, eh. Ni estoy indispuesta o
particularmente sensible. Me parece que en el amor pasa algo parecido a lo que
pasa con la felicidad, o al menos la representación que tenemos de ella. Amar
implica, también, pasar momentos de mierda, experimentar la irascibilidad hasta
niveles desconocidos, pelear las mismas batallas una y otra vez con la misma
convicción sabiendo que es muy probable que nunca se ganen. Pero aún así, es
amar, así se llama. Y ser feliz, en mi opinión, también es estar en una marea
tumultuosa constante; se puede vivir una vida feliz a pesar de los golpes. Pero
tambi én es válido que ser feliz sea, como lo era para esas jovencitas
parisinas de los 60, simplemente "ser jóvenes y que haya sol".